El
director del Banco General llama a su secretaria para dictarle una carta sobre ciertos
trabajos de reparación necesarios. La joven mujer, usando taquigrafía, toma el
dictado con destreza. Al terminar, se dirige a su máquina de escribir para armar
la transcripción en una carta, la cual lleva al director para que la revise.
Este la lee, hace algunas anotaciones y correcciones de acuerdo con su
preferencia de estilo, y solo una corrección ortográfica. Le devuelve la carta
a la secretaria, quien regresa a su escritorio a reescribirla siguiendo las
indicaciones manuscritas y la trae de nuevo al director. Él hace otro par de
cambios, según su gusto personal… y la misma corrección ortográfica. La joven
escribana mecanografía nuevamente la misiva y la retorna a su superior.
—Señorita—dice el director, tras mandarla
llamar — veo que insiste en escribir incorrectamente esta palabra que le he señalado
en varias ocasiones.
—Señor director— le responde ella— dado el
contexto, asumo que usted con esa palabra pretende referirse a la herramienta
que sirve para cortar, y no aludir de manera coloquial a una persona miope.
En
efecto, la palabra correcta es “segueta” y no “cegueta”, como creía el alto
funcionario, quien tras corroborarlo con un diccionario asiente y dice: “Me ganó
esta”.
Este
hombre no sabe que esta joven, además de graduarse con honores de la escuela de
comercio, da clases y asesorías particulares de español. Así que, puede estar
tranquilo: ninguna carta saldrá de su despacho con errores gramaticales,
sintácticos ni ortográficos.
Esta
anécdota, que me contó la mismísima protagonista —mi madre—, me hizo pensar en
cómo el advenimiento de la tecnología ha hecho que se pierda de vista, ya no
digo el gusto, sino la importancia de expresarse correctamente de manera
escrita. Hago referencia a la tecnología porque, aproximadamente desde hace un
poco más de un par de décadas, la utilidad de las secretarias como cortafuegos
—firewalls— naturales de mensajes mal escritos ha sido sobreseída por el
correo electrónico y el mensaje instantáneo auto redactado.
Erróneamente
se piensa que ahora, dado que raramente se envían cartas mecanografiadas, ya no
hay que preocuparse por la correcta redacción de nuestros mensajes, cuando la
realidad es que forman parte de la imagen profesional, la de la empresa y la
nuestra.
Por
supuesto, en años muy recientes y gracias a los avances en la inteligencia
artificial, las herramientas de corrección son más precisas que antes, y estas
pueden generar un mensaje casi perfecto tras una simple petición.
Sin
embargo, eso de alguna manera me parece triste. ¿Seré acaso un romántico —o
loco, dirían algunos— que extraña la época en que, adicionalmente a ser buenas en su oficio o profesión, las personas se esforzaban por cultivarse en otros
ámbitos, siendo la precisión en la expresión de la palabra escrita uno que
dejaba patente el grado de educación alcanzado?
Me
ilusiona hoy enterarme de que algunos jóvenes están interesándose en medios de
comunicación que han encontrado un reemplazo más tecnológico como discos de
vinilo y libros. Quisiera pensar que esta juventud se dará cuenta de que las
ideas que escuchan en viejas canciones o que leen en sus ejemplares impresos
provienen de mentes como las de ellos mismos, de jóvenes que no necesitaron de
una herramienta externa a su cerebro (como lo es la inteligencia artificial)
para expresarse. Solo ocuparon tres cosas: un lápiz, un papel y su mente.
Si alguien piensa que no trae valor alguno esforzarse por aprender a redactar mejor y, por lo tanto, no visualiza un futuro mejor al hacerlo, ese individuo es un “cegueta”.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.