jueves, 12 de febrero de 2026

Pídele al tiempo que vuelva | por Rafa Ibarra

 


El director del Banco General llama a su secretaria para dictarle una carta sobre ciertos trabajos de reparación necesarios. La joven mujer, usando taquigrafía, toma el dictado con destreza. Al terminar, se dirige a su máquina de escribir para armar la transcripción en una carta, la cual lleva al director para que la revise. Este la lee, hace algunas anotaciones y correcciones de acuerdo con su preferencia de estilo, y solo una corrección ortográfica. Le devuelve la carta a la secretaria, quien regresa a su escritorio a reescribirla siguiendo las indicaciones manuscritas y la trae de nuevo al director. Él hace otro par de cambios, según su gusto personal… y la misma corrección ortográfica. La joven escribana mecanografía nuevamente la misiva y la retorna a su superior.

   —Señorita—dice el director, tras mandarla llamar — veo que insiste en escribir incorrectamente esta palabra que le he señalado en varias ocasiones.

   —Señor director— le responde ella— dado el contexto, asumo que usted con esa palabra pretende referirse a la herramienta que sirve para cortar, y no aludir de manera coloquial a una persona miope.

En efecto, la palabra correcta es “segueta” y no “cegueta”, como creía el alto funcionario, quien tras corroborarlo con un diccionario asiente y dice: “Me ganó esta”.

Este hombre no sabe que esta joven, además de graduarse con honores de la escuela de comercio, da clases y asesorías particulares de español. Así que, puede estar tranquilo: ninguna carta saldrá de su despacho con errores gramaticales, sintácticos ni ortográficos.

Esta anécdota, que me contó la mismísima protagonista —mi madre—, me hizo pensar en cómo el advenimiento de la tecnología ha hecho que se pierda de vista, ya no digo el gusto, sino la importancia de expresarse correctamente de manera escrita. Hago referencia a la tecnología porque, aproximadamente desde hace un poco más de un par de décadas, la utilidad de las secretarias como cortafuegos —firewalls— naturales de mensajes mal escritos ha sido sobreseída por el correo electrónico y el mensaje instantáneo auto redactado.

Erróneamente se piensa que ahora, dado que raramente se envían cartas mecanografiadas, ya no hay que preocuparse por la correcta redacción de nuestros mensajes, cuando la realidad es que forman parte de la imagen profesional, la de la empresa y la nuestra.

Por supuesto, en años muy recientes y gracias a los avances en la inteligencia artificial, las herramientas de corrección son más precisas que antes, y estas pueden generar un mensaje casi perfecto tras una simple petición.

Sin embargo, eso de alguna manera me parece triste. ¿Seré acaso un romántico —o loco, dirían algunos— que extraña la época en que, adicionalmente a ser buenas en su oficio o profesión, las personas se esforzaban por cultivarse en otros ámbitos, siendo la precisión en la expresión de la palabra escrita uno que dejaba patente el grado de educación alcanzado?

Me ilusiona hoy enterarme de que algunos jóvenes están interesándose en medios de comunicación que han encontrado un reemplazo más tecnológico como discos de vinilo y libros. Quisiera pensar que esta juventud se dará cuenta de que las ideas que escuchan en viejas canciones o que leen en sus ejemplares impresos provienen de mentes como las de ellos mismos, de jóvenes que no necesitaron de una herramienta externa a su cerebro (como lo es la inteligencia artificial) para expresarse. Solo ocuparon tres cosas: un lápiz, un papel y su mente.

Si alguien piensa que no trae valor alguno esforzarse por aprender a redactar mejor y, por lo tanto, no visualiza un futuro mejor al hacerlo, ese individuo es un “cegueta”.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.