Mis apoteósicos cuatro lectores, les cuento que tras meditar un buen rato en un artículo salido de la ingeniosa mente de Fran Lebowitz (frecuente referencia en este blog), he llegado a la conclusión de que es una profetisa de nuestros tiempos. El ensayo al que me refiero se encuentra en su libro Un día cualquiera en Nueva York [Editorial Planeta Mexicana, 2023], bajo el título Los relojes digitales y las calculadoras de bolsillo: corruptores de la juventud. Qué rubro tan sugerente.
Antes de proseguir con mi disertación, me parece pertinente aclarar que dicho tratado fue publicado en 1978, en su libro Metropolitan Life, hace casi cinco décadas. La propia escritora, nacida en 1950, contaba con apenas 28 años de edad, la mayor parte usados en su fructífera labor de observadora social (como ella misma se define).
Dicho lo anterior, les platico que en ese ensayo nos comparte lo mucho que sufrió en la infancia para aprender a hacer divisiones largas: las siempre temidas matemáticas. Siendo sinceros, algunos batallamos más que otros, pero la gran mayoría nos podemos identificar en esto con Fran, ¿a poco no?
Bueno, en su escrito ella nos deja claro que está en absoluto desacuerdo en permitir a los niños utilizar tanto relojes digitales (en vez de los analógicos, los de manecillas) como calculadoras digitales.
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| Foto tomada de Pxhere.com |
Pauso un momento para decirles que mi primer reloj fue analógico; tenía en la carátula la imagen de la Pantera Rosa (una caricatura muy famosa en ese momento); un brazo era el minutero; el otro, el segundero. Me encantaba. Claro, fue gracias a la paciencia de mi madre —quien con un cartón de cereal hizo una carátula de reloj— que aprendí a leer la hora tras dominar la tabla del 5 en cualquier orden. Una vez que lo logré, fue que me gané el derecho a tener ese reloj. Fue hasta varios años después que entré en el mundo de los relojes digitales, siendo el primero uno muy sencillo —de dos botones— de Star Wars, con C3PO y R2D2 en la carátula. Los relojes analógicos son muy bellos, pero los digitales son más prácticos para mí.
Eso sí, usar una calculadora digital en la escuela era algo impensable en mi infancia. Y más, porque teníamos un director que adoraba torturarnos con ejercicios de cálculo mental cuando nuestro maestro titular no se presentaba o llegaba tarde.
Aunque difiero con Fran respecto al uso del reloj digital, sí coincido respecto a no permitir la calculadora durante la infancia. Esto es lo que ella escribió en parte (hay dos puntos que me permito omitir):
"Las calculadoras de bolsillo: tardé tres años en aprender a hacer divisiones largas y otro tanto deberían tardar ellos.
[...]
3. Es antinatural para cualquiera que no sea un niño poder dividir en cualquier circunstancia 17.3 por 945.8.*
4. Las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, se harán con el poder, lo cual traerá consigo, sin duda, que los muebles sean mucho más pequeños".
*Nota al pie de página: en México, usamos el punto para separar las cantidades decimales y le llamamos punto decimal; mientras que en otros países —como España— utilizan la coma para tal propósito y la llaman coma decimal.
Lo que se encuentra entrecomillado es el pensamiento de Fran. Esto fue profetizado en 1978, y su mayor cumplimiento nos está tocando atestiguarlo a ustedes y a mí, mis cuatro lectores.
¿Cuál es el peligro patente de lo que describió en los puntos 3 y 4?
Esto es lo que reflexioné: cuando somos niños estamos en nuestros primeros años de formación, por lo que es imprescindible reconocernos ignorantes de muchas cosas; darnos cuenta de que no sabemos todo, de que no podemos todo. Pero también es imperativo para cada uno comprender que si te esfuerzas por aprender, lo conseguirás. Te va a costar, quizás mucho, pero valdrá la pena. El aprendizaje mismo será tu premio, tu recompensa; algo que nadie te regaló, sino que tú mismo te granjeaste. Es tuyo por mérito propio.
Ser consciente de que existen cosas que todavía no sabes, te ayuda a desarrollar dos virtudes lastimosamente escasas hoy día: la modestia y la humildad.
La modestia significa precisamente eso: conocer los límites que tienes, hasta donde llegas, en conocimiento y capacidad, en este momento.
Reconocer lo anterior, te hace tener humildad; ser humilde al aceptar que eres lo que describe la palabra original en latín humus: tierra, suelo,… polvo. "Porque polvo eres y al polvo volverás”, es una frase del buen libro que muchísima gente escuchará en fechas próximas, según su fe.
"Las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, se harán con el poder […]", escribió Fran.
Lo que verdaderamente temía ella era que, si llegaban a pensar que tienen en su mano todas las respuestas y si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, no podrían llegar a desarrollar ni la modestia ni la humildad. ¿Cómo hacerlo cuando crees que todo lo puedes o todo lo sabes, gracias a un dispositivo que cabe en tu bolsillo?
Seguramente ustedes, mis siempre inteligentes cuatro lectores, ya hicieron la conexión entre el temor de Fran y el uso desmedido de la inteligencia artificial (IA) que aqueja hoy a centros educativos de todo el mundo: las personas ya no se esfuerzan realmente por aprender, sino por simplemente acreditar las materias o cumplir con una tarea.
¿Para qué esforzarme si todo el conocimiento del mundo está al alcance de mi mano (en mi smartphone o tableta), el día que quiera y en el momento que quiera y sin que me cueste? — podría preguntarse alguien. Pues valga la siguiente aclaración para quien piense así: a lo que tienes acceso es a información; ésta solo se convierte en conocimiento cuando la aprendes y, además, eso nuevo que aprendes lo conectas con algo que ya sabías; en ese momento se convierte en aprendizaje. Así que, ¡despierta! Únicamente estás adquiriendo información, no conocimiento. No te engañes.
Están dejando de lado la formación, por la información.
Otro grave riesgo que ya estamos sufriendo es que, quienes así obtienen su "conocimiento", no pueden desarrollar el sentido de logro de quien sí se esforzó por aprender y tiene mérito por lo que hizo. Los dependientes de la IA no se merecen nada. Lo peor es cuando esas personas creen que lo merecen todo (que "son especiales"), pero ese es un tema generacional que da para otro artículo.
En conclusión, creo que las generaciones "viejas" tenemos el deber de no facilitarles demasiado las cosas a la generación actual —porque, a ver, ¿de dónde sacaron los chamacos el dinero para comprarse el smarthphone o la tableta?—, aunque nos lloren; en vez de eso, debemos enseñarles a esforzarse y a adquirir un sentido de logro verdadero, real.
Créanme: para eso no hay —ni habrá nunca— una app.
Hasta la próxima.




























