![]() |
| Imagen cortesía de Vinísfera |
A diferencia de lo que ocurre en otros países productores, en México no tenemos una uva emblemática de los vinos que aquí se elaboran. El tema, como nos dice el autor de esta columna, merece algunas reflexiones.
Por Rafa Ibarra
10 Mayo, 2010
Van unas preguntas de trivia para ustedes, amigos aficionados al vino:
a) ¿Cuál es considerada la uva insignia de Argentina? Respuesta: la malbec.
b) ¿Y la de Uruguay? Respuesta: la tannat.
c) ¿Y la de Australia? Respuesta: la shiraz.
d) ¿Y la de Sudáfrica? Respuesta: la pinotage.
e) ¿Y la de México? Respuesta: …
Ninguna de las uvas que actualmente se cosechan en nuestro país ha sido declarada nuestra uva insignia o emblemática. Personalmente siento que esto es afortunado para nuestra cultura vitivinícola, aunque ya se empiezan a barajar nombres de cepas que podrían ostentar tan pesado título.
Creo que este tema merece algunas reflexiones.
La primera es que debemos recordar —corriendo el riesgo de parecer repetitivo— que estamos en pañales en el conocimiento sobre lo que podemos obtener de las diferentes cepas en nuestro territorio. A falta de una institución nacional y formal (como las que existen en otros países) que realice los estudios del comportamiento de las diferentes variedades de vides en México, solo nos queda depender de los experimentos que hacen nuestros productores con sus propios recursos. Prueba y error que ha llevado décadas.
Platicando con un enólogo del Valle de Guadalupe, este me comentaba que le parecía curioso que en México tuviéramos tanta prisa por contar con una uva insignia, cuando realmente tenemos muy poco tiempo haciendo vinos de buena calidad y con las técnicas que usan los grandes países productores. Él tomó el ejemplo de la uva tempranillo en la región de La Rioja, donde tienen cientos de años de cultivarla, por lo que conocen a la perfección cómo se comporta y lo que pueden obtener de ella.
La segunda reflexión es: ¿para qué queremos tener una uva insignia? ¿Por puro marketing? Me recuerda esto el caso de la uva carmenère, que se creía extinta, y que a mediados de los noventa descubrieron que se seguía cosechando en Chile, confundida con la uva merlot. Gente de vino de aquel país quiere hacerla su uva emblemática, mientras que otros viticultores chilenos difieren argumentando que con la uva que tienen más experiencia es con la cabernet sauvignon. Pero como que hacer a la cabernet sauvignon su uva emblemática no tiene el punch publicitario requerido, pues se cultiva en casi todas las regiones vitícolas del mundo.
La tercera reflexión es: ¿cómo vamos a determinar como emblemática a una sola uva, por encima de las demás que también se cultivan en México? Últimamente se habla de la nebbiolo en Baja California como fuerte candidata. Sin embargo, las cepas más antiguas de esa región corresponden a otras variedades, como son tempranillo, barbera y cabernet sauvignon. Y qué decir de la shiraz del Valle de Parras, en Coahuila, que tantos reconocimientos nacionales e internacionales ha dado a Casa Madero. Por supuesto, sin olvidar su magnífica chardonnay. ¿Acaso la uva emblemática no puede ser blanca? No olvidemos a Aguascalientes y Querétaro que levantan ahora la mano con su malbec.
Qué complicada es esta idea de establecer la uva insignia nacional, lo cual por cierto solo se da en países del llamado Nuevo Mundo. Porque hablar de una sola cepa emblemática en toda Francia, Italia o España es un sinsentido. Ellos, que nos llevan siglos por delante, saben que cada región tiene diferentes variedades que se comportan mejor en un terroir que en otro. La nebbiolo en Piemonte, la sangiovese en La Toscana, la pinot noir y la chardonnay en Borgoña, la cabernet franc, cabernet sauvignon y merlot en Burdeos, etcétera.
¡Ah! Y no olvidemos considerar a la gastronomía como otro factor para determinar la uva emblemática de una región. ¡Cómo ignorar que la de nuestro país está considerada entre las cocinas más variadas del planeta! El menú del norte es muy diferente del que existe en el centro, y por supuesto del que tenemos en el sur. Para tantos platillos diferentes necesitamos que exista variedad de vinos.
Yo quiero que existan opciones en mi país y que los consumidores las conozcan. Porque cuánta gente hay que cuando va a comprar un vino argentino inmediatamente piensa en malbec, y nunca ha dado oportunidad a su magnífica bonarda (en el lado de los tintos) o a su fresca y perfumada torrontés (en el lado de los blancos).
Prefiero que sigamos como hasta el momento, manteniendo la variedad en el cultivo de diferentes cepas. En el largo plazo se podrá determinar cuáles sí se adaptan a las condiciones de cada región y cuáles no. De unas uvas se obtendrán vinos excepcionales y de otras no. Es lo natural. Porque eso de establecer por decreto que una uva es la mejor de todo el país, no me parece sabio.



























