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domingo, 26 de julio de 2026

Noche analógica

He decidido tener una noche analógica: sin tecnología de avanzada.

Esto lo escribo en papel con bolígrafo.


Quiero tener música de fondo, así que enciendo mi estéreo Sony, limpio el vinilo de la banda sonora de «Arturo, el millonario seductor» y lo pongo en la tornamesa: la música analógica inunda la habitación. 

Doy un sorbo a mi café, el que preparé con sumo cuidado en mi máquina Dolce Gusto® (qué esperaban, no soy un salvaje).

Medito en lo difícil que le puede parecer a los nativos digitales (esos niños que nacieron con contraseña y PIN para descargarlos, en vez de darlos a luz) el pasar un momento desconectados. ¿Desconectados de qué? De la realidad.

Mi apreciada Fran dice que ve a estos jóvenes creyendo que la realidad es lo que sucede únicamente dentro de las pantallas que acaparan su atención. Que aquello que los rodea, para ellos, no es la realidad. Fuertes declaraciones. Pareciera que se evadieran en su mundo digital. Pero la verdad es que no los culpo al ver el mundo real en el que les ha tocado crecer. Los mayores (ya paso de los 50, así que me autocategorizo como tal) tenemos al menos herramientas para lidiar con este. El alcohol, por ejemplo.

Ya en serio, el manejo de la frustración de parte de los jóvenes es tema de discusión. Miren, en este momento el vinilo que puse está ya en la última canción: la aguja de la tornamesa en breve llegará al final de su recorrido y emitirá ese sonidito rasposo y repetitivo hasta que yo me levante de mi asiento, me dirija a quitar el disco, limpie la superficie del otro lado, lo coloque de nuevo y, muy sutilmente, pose la aguja en el principio del lado B. A algunos quizás ya los cansó solamente el leer este procedimiento. Puede parecerles tedioso y hasta hacerlos sentir ansiedad. Pero, a quienes lo hacíamos una y otra vez en nuestra infancia, nos parece de lo más normal. Y tiene su encanto.

Por supuesto, no voy a negar que es muy padre poner Spotify® con su reproducción ilimitada de música (y sin comerciales, para quienes le brincamos con una lana). Yo mismo lo hago. Mas en esta ocasión el smartphone ha sido reemplazado por lo analógico (ándale, chiquito; pa que veas lo que se siente).

En este momento, caigo en cuenta de cómo me gusta escribir a mano, aunque mi letra parezca salida de un sismógrafo con Párkinson y espíritu de maraquero. La caligrafía brilla por su ausencia, pero la ortografía y la gramática jamás. Creo que garabateo rápidamente por un temor infundado a perder la idea que me hizo comenzar el renglón. ¿Les ha sucedido?

Tacho algunas palabras al releer lo que acabo de escribir y las reemplazo por otras que me expresen mejor o que tengan más «punch». Todavía no es el texto final ni mucho menos. Volveré a releerlo después, ya que, según recomiendan los que dicen que saben, hay que dejar reposar tus escritos. De esta manera, los leerás con otros ojos. Dicen.

Ya me terminé mi cafecito. Ya suena la última canción del disco. Y ya se termina este artículo. ¡Que coincidencia tan venturosa!

Hasta la próxima.


viernes, 3 de julio de 2026

sábado, 27 de junio de 2026

«El respeto al derecho ajeno (y a las creencias ajenas) es la paz»


Atribuyen a un expresidente mexicano la siguiente frase: «El respeto al derecho ajeno es la paz». Haya sido él o no quien la expresó (existe polémica al respecto), no nos enfoquemos en el mensajero sino en el mensaje, ¿les parece?

Tal y como lo escribí en el primer párrafo de mi artículo sobre el lenguaje inclusivo (lo pueden leer aquí), además de que creo que cada persona tiene el derecho a formarse su opinión, también cuenta con el derecho a tener sus creencias basadas en lo que ella decida. Y me refiero a creencias en un sentido amplio, no solo a las religiosas.

Con lo que no estoy de acuerdo es que alguien juzgue a los demás con base en sus creencias propias, o en que quiera imponerlas a los otros.

Por ejemplo, sé que existen personas que han decidido no beber ni una gota de alcohol (cerveza, vino, tequila, vodka, etcétera). Algunas no lo hacen porque aceptaron vivir de acuerdo a un código religioso que lo prohíbe, mientras otras únicamente lo hacen por motivos de salud. Asimismo, hay personas cuyas creencias religiosas (aceptadas por ellas) les prohíben tomar café. En mi caso, yo sí bebo alcohol y café. Así como ellos están en su derecho de no hacerlo, yo estoy en el mío de sí hacerlo. Ni mi religión ni mis condiciones de salud me lo impiden. Si yo los juzgara, y hasta condenara, por no hacer lo mismo que yo, ¿adivinen quién estaría mal? Por supuesto: yo.

Naturalmente, ir en contra de las leyes del país en que se vive, aunque la persona crea que está bien, acarrea una sanción. Pero si alguien hace algo que es permitido por las leyes, pero no concuerda con mis creencias, y ese alguien no forma parte, ya sea de mi religión u otra organización a la que yo pertenezco, pues eso es su asunto. 

Digo, si en Inglaterra manejan del lado izquierdo de la calle, mientras que en México se hace del lado derecho, ¿quién soy yo para decir que están mal allá? Desde luego, si un británico tratara de conducir en México por el lado contrario al aceptado aquí, sin duda se las verá con las autoridades. Pero si lo hace allá en su país, ¿cuál es el problema?

Mis perspicaces cuatro lectores, ¿han escuchado la frase: «Hasta lo que no come, le hace daño»? No seamos así. 

Hasta la próxima.


viernes, 26 de junio de 2026

La incomprendida Filosofía: el amor a la sabiduría

En mis tiempos del bachillerato (o preparatoria) llevé la materia de Filosofía. Desconozco si todavía se incluya en los planes de estudio (también llevábamos la de Lógica, algo que les hace mucha falta a los estudiantes hoy día, pero esa es otra historia). En aquella época, y dada mi inclinación más hacia lo físico matemático, no me parecía una materia atractiva. Creo que no fui el único que sentía lo mismo hacia tal asignatura. De hecho, hasta podría afirmar que mucha gente que llevó esa materia terminó odiando (o al menos, evitando) todo lo que sonara a Filosofía.

Así es, mucha gente cuando escucha esa palabra frunce el ceño o pone los ojos de huevito cocido (en blanco). Sobre todo, la gente que se considera a sí misma como religiosa. Pero lo que desconoce esa gente es que ellos aplican la filosofía todos los días de su vida. Es más: todas las personas con dos dedos de frente lo hacemos. Procedo a explicarme.

La palabra filosofía proviene de la unión de dos palabras griegas: philos, que significa amor, y sophia que significa sabiduría. Literalmente, filosofía significa «amor a la sabiduría». 

Mas ¿cuál sabiduría es la que se ama? Depende. Por ejemplo, puede ser aquella que se aprende al estudiar los libros inspirados de la Biblia (la sabiduría de Dios), o la que descubrimos leyendo las Meditaciones del emperador Marco Aurelio (la sabiduría estoica).


El apóstol Pablo y el emperador Marco Aurelio, dejando sabiduría por escrito 


¿Y cómo se demuestra que se ama algo? Con acciones. En el caso de la sabiduría, esta se evidencia aplicándola en la vida. Esto es: vivir de acuerdo con esa sabiduría. Quien lo hace, basa su conducta en cierta filosofía.

La filosofía no es solamente un ejercicio mental: es una forma de vida. Debe transformarte, notarse en cómo vives.

La filosofía no es solo hacerse preguntas profundas con la razón, sino amar tanto la sabiduría que eso te cambia por dentro y se nota en cómo actúas.

Los estoicos decían que de nada sirve conocer la virtud si no la practicas día tras día.

Cuando mencioné que todas las personas con dos dedos de frente aplicamos la filosofía todos los días, lo hice basado en una frase que leí hace tiempo: «El sabio vive de acuerdo con cómo piensa; el tonto piensa de acuerdo con cómo vive». Si vives de acuerdo con cierta sabiduría que aprendiste, eres sabio. Por el contrario, si cambias tu criterio, como una veleta, dependiendo de lo que experimentas en cada momento, vaya que eres una persona tonta. No tienes una base sólida.

Y ustedes, mis cuatro lectores, ¿viven de acuerdo con alguna filosofía?

Hasta la próxima.


domingo, 21 de junio de 2026

«Solo puedes entender a tus contemporáneos»

La frase que da titulo a este artículo, mis meditabundos cuatro lectores, se la escuché decir a la escritora Fran Lebowitz (constante referente de este blog) en una entrevista en que le pidieron dar su opinión de la generación actual. Si desean ver un fragmento de dicha entrevista, pueden dar clic en esta liga.

Con esto afirmó que no podemos entender a los que son más jóvenes que nosotros ni a los que son mayores, pero entendemos sin problema el porqué los de nuestra misma generación piensan así, se comportan así, se visten así. 

Cada vez hay más personas compartiendo su desconcierto con las generaciones que los preceden (los milenials y generación Z con los de generación X y los boomers) y las que los suceden (generación X y boomers con los milenials y generación Z). 

Pero ¿saben qué? Siempre ha sido así: la generación anterior desconfía de la capacidad de la generación actual. Y así seguirá siendo in saecula saeculorum, es decir, ad nauseam.


Ahora bien, si lo que se desea es buscar culpables del desastroso resultado de la generación Milenial o la Z, les doy una pista: fíjense en los padres que los criaron. ¡Ah, caray! ¡Son de mi generación, la X!

La única manera de que una generación salga igual que la anterior (tal y como sucede en las ecuaciones matemáticas) es que los factores sean los mismos (y no hablemos de los operadores). Y estos son muchísimos. Mas la crianza tiene un papel preponderante.

Si desean continuar con esas discusiones bizantinas de «mi generación es la mejor de todas», échenle ganas.

Hasta la próxima.

viernes, 19 de junio de 2026

Una reflexión sobre el «tiempo libre»

«En el resplandor de la inactividad se fusionan el ser humano y la naturaleza».

— Byung-Chul Han


Releyendo el libro Vida contemplativa. Elogio de la inactividad, del filósofo Byung-Chul Han, me vinieron a la mente muchas reflexiones conforme avanzaba en mi lectura. Y es realmente solo en momentos como este —en que me encuentro de vacaciones— que tenemos la oportunidad de pensar detenidamente. Bueno, eso si nos damos el permiso de hacerlo.



Sin lugar a duda, lo que me hizo sentir como un mazazo en la cabeza fue su análisis del concepto de «tiempo libre». Piénsenlo bien. ¿A qué nos referimos cuando decimos que tenemos «tiempo libre»? ¿Libre de qué? Además, vean esto: lo opuesto de libre es… esclavo, preso, cautivo. Entonces, cuando no contamos con «tiempo libre» ¿es que estamos en «tiempo preso»?  En resumen, hasta el lenguaje para definir nuestro descanso está supeditado al trabajo, a la actividad productiva.

Con base en el análisis de Byung-Chul Han, actualmente «[…] solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento […]», y debido a eso «[…] interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes». Concuerdo con esto que expresó Han, pues en una ciudad tan industrializada como Monterrey, la llamada «productivitis» nos conduce a la enfermedad de la cronopatía: la sensación de que siempre debemos estar haciendo algo productivo, incluso en nuestro tiempo de descanso.

¿Estoy exagerando? Hace tiempo, un camarada me contó que cuando su papá planeaba las vacaciones familiares, trataba de llenar cada hora disponible. Por ejemplo, cuando fueron a Cancún, su padre arrastraba (esa es la palabra adecuada) a la familia a cuanta ruta turística pudiera. ¡No podían ni levantarse tarde porque a las 10 de la mañana salía el autobús hacia el punto turístico que papá había decidido llevar a todos! ¿Se imaginan a ese hombre una vez que se jubile? 

Otro apunte interesante del autor es que a este derivado del trabajo que llamamos tiempo libre se le tiende a ver como algo de lo que hay que huir como la peste, pues «mal manejado» puede llevarnos al tedio, al aburrimiento extremo. Esto me hizo preguntarme ¿no esa es la razón por la cual ahora, ante la más ínfima pausa de actividad, nuestros jóvenes (y algunos mayores) sacan sus dispositivos móviles y se sumergen en las redes sociales para adormecer su cerebro (drogarse, pues) al no saber qué hacer?

Al igual que Byung-Chul, lamento que la inactividad haya perdido la intensidad vital que le caracteriza. Y es que entendemos incorrectamente el sentido de la inactividad: no se trata de estar inmóvil, sino de hacer algo, pero que esté libre «[…] del para-algo, de la finalidad y la utilidad a las que el trabajo está sometido».

Cuando niños, éramos especialistas en la inactividad, en estar libres del para-algo al que se refiere este filósofo. Por ejemplo, si alguna vez en su infancia salieron a un patio de tierra a jugar, o en algún parque o rancho, quizás se recuerdan rodando una piedra grande hacia un lado para dejar al descubierto todos los insectos que ahí se encontraban: lombrices, hormigas, arañas, cochinillas. No lo hacían como parte de una investigación escolar. Era curiosidad pura.

El concepto del flâneur de Walter Benjamin, como lo explica este libro, me impactó. Es algo a lo que personalmente aspiro cuando tengo la oportunidad de salir a caminar, o mejor dicho, a deambular, andar sin un rumbo fijo y sin la presión del tiempo. «El flâneur hace uso de su capacidad de no actuar. No persigue ningún fin. Se entrega sin pensar al espacio que le 'guiña el ojo', al 'magnetismo de la próxima esquina, de una plaza lejana en la niebla, de la espalda de una mujer que camina delante'». 

Han se lamenta también de la era en que vivimos, en la que se busca erradicar la inactividad a toda costa, pues «La experiencia […] no se la puede producir por medio de la actividad. La experiencia presupone, más bien, una forma particular de pasividad e inactividad. Su medio es la escucha. El ruido provocado en la actualidad por la información y la comunicación, sin embargo, pone fin a la 'sociedad de los que escuchan'». Su siguiente frase es lapidaria: «Nadie escucha. Cada quien se produce a sí mismo». ¿No es eso lo que ahora sucede con todo el mundo y sus dichosas redes sociales, queriendo convertirse en influencers

«Hoy se impone por todas partes la forma de vida consumista en la que toda necesidad debe ser satisfecha de inmediato. No tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar lentamente. Lo único que cuenta es el efecto a corto plazo, el éxito veloz. Las acciones se acortan y se convierten en reacciones. Las experiencias se rebajan a vivencias. Los sentimientos se empobrecen en la forma de emociones o afectos. No tenemos acceso a la realidad, que solo se revela a una atención contemplativa.

Internet […] nos arrebata el 'don de la escucha'».


Me doy cuenta de que, hoy más que nunca, no hay que tener miedo a perder el tiempo, a dejar la mente volar, a aburrirse («el tedio es el umbral de grandes hechos»), a deambular como un flâneur.


Hasta la próxima.


jueves, 18 de junio de 2026

Adiós, WhatsApp

¡Se va, se va, se va… y se fue!

WhatsApp ha salido del grupo



Ahora que he leído algunos artículos y escuchado hasta pódcast de otras personas que, como yo, han decidido eliminar su cuenta de WhatsApp (aunque ellos hace ya varios años que lo hicieron), me percato de que es una decisión sensata. Al menos, en mi caso, siento que no tiene una utilidad real.


Por el contrario, creo que me quita más de lo que me da.




Soy de la generación X; no nací con los dispositivos móviles de comunicación inmediata ni las redes sociales. Es decir: sé vivir sin esto.


Tras —realmente— meditarlo hace unos días, llegué a la siguiente conclusión: ¿por qué querría hacerlo? ¿Para qué mantenerlo?


No me hace sentir más libre o feliz. Más bien, es al contrario.


¿Qué haría mi modelo a seguir?


Si quiero estar en verdad presente con los seres que amo, ¿esto me sirve o me estorba?


El veredicto fue final e inapelable: WhatsApp se va. 

Solo llamadas normales (¡es un teléfono, maldita sea!) y, si acaso, SMS.

El correo electrónico vino a reemplazar al postal; así que: ¡a usarlo!


Hasta la próxima.

Nota.- Todas las fotos de este artículo fueron tomadas por mí.

domingo, 14 de junio de 2026

Yo no bebo medallas: de WineSpectator #1 a una refrescante sangría

Mis queridos cuatro lectores. Esta es una nota breve únicamente para confirmarles lo que ya he dicho en un par de artículos, resaltándolo en mis principios editoriales (los leen aquí): Yo no bebo medallas.

Ayer se nos antojó una refrescante sangría para acompañar una carnita asada. Echamos mano de lo que teníamos: un refresco (o gaseosa) de limón, otro de naranja y... un poco del vino tinto que nos quedaba en una botella abierta previamente.


El resultado fue muy agradable, y con unos hielitos se logró el propósito.


Aquí el detalle es que el vino en cuestión era la cosecha 2022 del mismo vino que en su cosecha 2019 ganó el título de vino # 1 de la prestigiada revista WineSpectator en el año 2022. Pueden dar clic en esta liga para ver que no son mentiras.



Si les interesa conseguirlo en Monterrey, les dejo aquí la liga (dar clic).

¡Fuera corbatas! Esta también fue por ti, Prometeo embotellado.


Hasta la próxima.

domingo, 7 de junio de 2026

Eras como mi religión

Eras como mi religión.

Lo más sagrado que tenía.

Dedicaba mi cuerpo y espíritu a ti.

Te pensaba, te procuraba, como si mi vida dependiera de tus designios.

Hasta mi tiempo libre no era mío, sino tuyo.

No había algo que me pidieras que yo no hiciera.

Pero eso no te bastó y, cuando dejé de serte útil y me volví incómodo,

me desechaste como basura,

cual, si insinuaras «El que no junta conmigo, desparrama»,

cuando la verdad certera reveló tu verdadero yo.

Yo que te creía divina, guiada por lo más Alto;

pero ocultabas la más pútrida humanidad,

lo más deleznable, lo más ruin.

Mas solo soy un engrane entre muchos,

tus feligreses, que pueden tomar mi lugar.

Para ellos eres su religión.

Mas ya no lo eres para mí.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Encuéntrate y encuentra a los tuyos



Antes de encontrar a los tuyos necesitas encontrarte a ti mismo. Solo entonces, como la abejita del video de la canción No Rain del extinto grupo Blind Melon, podrás identificarlos.

Si no conocen esa magnífica canción, pueden darle play al video que aquí abajo.


Podemos sentir a veces que no encajamos donde nos encontramos en un momento dado. Eso es normal. Y es bueno, pues significa que nos estamos conociendo mejor.

Es como dice la canción Corner of the sky, del musical Pippin (pueden escucharla en esta liga)

[…]

Cats fit on the windowsill

Children fit in the snow

Why do I feel I don't fit in anywhere I go?


[…]

Thunderclouds have their lightning

Nightingales have their song

And don't you see I want my life to be

Something more than long....


Rivers belong where they can ramble

Eagles belong where they can fly

I've got to be where my spirit can run free

Got to find my corner of the sky


Encuéntrate y encuentra a los tuyos.


Hasta la próxima.


viernes, 22 de mayo de 2026

¡El contexto lo es todo!


contexto

1. m. Entorno lingüístico del que depende el sentido de una palabra, frase o fragmento determinados.

2. m. Entorno físico o de situación, político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el que se considera un hecho. 


Me permití abrir este escrito, mis conscientes cuatro lectores, con la definición de la palabra contexto que da el Diccionario de la Lengua Española (DLE) porque considero importante tener muy claro su significado. 

Por si no fue lo suficientemente comprensible, podemos decir que el contexto está intima e indisolublemente relacionado con el momento, el lugar, la(s) persona(s) involucrada(s), el ánimo, el pensamiento popular, el ambiente político, y un extensísimo etcétera en que la frase fue dicha o el hecho se desarrolló.

Y necesitamos tener esto bien entendido, pues a veces son mayúsculos los malentendidos que se suscitan por frases que se sacan del contexto en que fueron pronunicadas. Por eso, como dice el título: ¡el contexto lo es todo!

Les daré unos ejemplos. En primer lugar, la famosísima frase «Dios ha muerto» que proclamó el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. 

Friedrich Nietzsche

Las iglesias con fundamento cristiano, así como sus feligreses, quisieron quemarlo en leña verde porque creyeron que esta afirmación fue hecha en un tono narcisista o triunfante. Pero fue todo lo contrario, ¡la sacaron de contexto! La opinión de este gran pensador provenía  de su miedo a que todos los valores judeo-cristianos en que se basaba la civilización occidental hubieran sucumbido peligrosamente a la crítica racional casual, y que el axioma más importante en el que se fundamentaba —la existencia de una deidad trascendental y poderosa, es decir, Dios— se hubiera puesto seriamente en duda.

¿Se dan cuenta? Esta frase, sacada del contexto en que fue expresada, en vez de parecer un sincero lamento y una llamada de alerta, se malinterpreta como escarnio hacia una de las religiones mayoritarias.

De hecho, en el libro La gaya ciencia, escrito también por Nietzsche, él describía a Dios como «lo más sagrado y poderoso que poseía el mundo». Pero el sensacionalismo es más atrayente y vende más, ¿verdad? Por eso, no veremos esta frase en playeras, como sí ocurre con la mencionada arriba.


Como segundo ejemplo, mis aguzados cuatro lectores, puedo decirles con total confianza que la Biblia, el buen libro, esa colección de libros sagrados que marca la vida de millones de personas en el mundo, dice lo siguiente: «Dios no existe».

Les voy a colocar aquí la liga a la traducción al español de la Biblia Reina Valera Contemporánea en el Salmo 14, versículo 1 (den clic aquí para leerlo). Dependiendo de la traducción de la Biblia que se consulte, las palabras usadas en este texto pueden variar, pero el sentido es el mismo: «Dios no existe».

Ahora bien, ¿se fijaron cuál es el contexto? Es este: son los necios, los insensatos, los tontos quienes dicen que Dios no existe. 

¿Vemos por qué es tan importante el contexto?


Les dejaré de tarea a ustedes que identifiquen el contexto cuando John Lenon dijo que The Beatles eran «más famosos que Jesucristo». Den clic en esta liga para leer al respecto.

The Beatles

Tras leerlo, ¿pueden notar el contexto en que se dijo, lo que hizo que muchas personas decidieran quemar sus discos, así como ocasionó la protesta de esa tan linda y pacífica facción llamada el Ku Klux Klan?


Finalmente, conviene que antes de emitir nuestro juicio sobre cualquier frase o asunto que escuchemos o leamos nos preguntemos si conocemos bien cuál es el contexto. Si no lo hacemos, podríamos caer en esto que dice el buen libro: «Responder a un asunto antes de oir los hechos es tonto y humillante».

Hasta la próxima.

Observando el mundo | De los "amigos por correspondencia" a los "amigos de redes sociales"


Quizás el más joven de mis cuatro lectores no sepa que hace mucho tiempo, antes de que las redes sociales (como Facebook) irrumpieran en el escenario mundial, existía la figura de los amigos por correspondencia, o pen pals, como se les llamaba en inglés. Eran personas de diferentes países que mediante el correo postal se enviaban cartas escritas a mano o mecanografiadas. 

¿Cuál era una particularidad esencial de los amigos por correspondencia? ¡Que posiblemente nunca se conocieron en personal! Tal vez intercambiaron fotografías para saber cómo eran físicamente, pero muchos de ellos nunca estuvieron cara a cara.

Recuerdo que en la historieta cómica de Charlie Brown él mismo tenía su amigo por correspondencia, al que habitualmente le escribía hasta Escocia (aunque batallaba mucho con la pluma fuente).

Copyright Peanuts Worldwide LLC ®


Copyright Peanuts Worldwide LLC ®

Viene a mi memoria también una película en inglés llamada 84 Charing Cross Road, la cual tuvo en español varios títulos, entre ellos La carta final y Nunca te vi, siempre te amé.


Como bien lo explica la entrada correspondiente de Wikipedia, el argumento era el siguiente:

«Una escritora americana, Helene Hanff (interpretada por Anne Bancroft), que vive en Nueva York, busca algunos libros. Entra en contacto con una librería de libros usados especializada de Londres, el número 84 de Charing Cross. Inicia así una relación epistolar de veinte años con Frank Doel (Anthony Hopkins), empleado de la librería; y que la llevará incluso a enviar comida a los empleados de la librería, cuando se entera de que Londres vive aún sumergida en una economía de posguerra. Los dos no se encontrarán nunca, pero terminarán siendo amigos, compartiendo el amor por los libros, por la literatura, por la lectura».

Lo más interesante es que esta película de 1987 está basada en hechos reales: ese intercambio de cartas en verdad sucedió.

Surgió una amistad sin que se llegaran a conocer en persona.

Hace poco escuché a la escritora, observadora social y neoyorquina por excelencia Fran Lebowitz, de 75 años de edad, decir que los tiempos van cambiando, y lo que ella llamaba o conocía de cierta manera ahora ya no es igual, aunque mantenga el mismo nombre. Su declaración me llevó a pensar en lo que para la generación de ella y la mía significa el concepto de ser o tener un amigo, comparado con las generaciones más recientes (los milenials y las generaciones Zeta y Alfa). Para estas puede ser suficiente conectar con alguien por una red social para afirmar que tienen una amistad. Si así lo consideran, están en su derecho, así como los integrantes de las generaciones anteriores valorábamos a los amigos por correspondencia

Por supuesto, ahora es más peligroso para los más jóvenes hacerse amigo de alguien a quien no conocen, por el riesgo de grooming. Pero librado ese peligro, no podemos afirmar dogmáticamente que mediante las redes sociales no puedan llegarse a formar amistades duraderas.


Hasta la próxima.

¡¿Que para qué tomarse la molestia de escribir!?

Mis siempre nobles y generosos cuatro lectores, con tan grandes avances que han alcanzado las herramientas de inteligencia artificial (IA), quizás haya alguien que pueda preguntarse que para qué tomarse la molestia de escribir.

Foto de pxhere.com

¿Y por qué pudieran pensar eso, criatura?, tal vez se pregunte alguno. Porque ahora hay procesadores de palabras como el Microsoft® Word que incluyen una función de IA con su aplicación Copilot, la que te puede quitar la molestia de pensar y hasta de teclear. Solo basta con rellenar el área donde dice Describa lo que le gustaría redactar con Copilot…


¿Que qué?

Personalmente, parece que el Word me estuviera diciendo: sé que estás bien tontito, déjame hacer el trabajo a mí.


Concuerdo totalmente con el comediante Jerry Seinfeld cuando dijo en una graduación de una universidad, no hace mucho tiempo, que al contrario del eslogan de la marca Nike®, el eslogan de la IA sería: You just can't do it

Pareciera que la humanidad ha perdido la fe en sí misma.


Estamos perdiendo el verdadero objetivo de tener una máquina que te ayude o simplifique el trabajo. 



Se supone que la razón de ser de cualquier herramienta es ayudarte a realizar más fácilmente la tarea. Quienes alguna vez echamos mano de un cuchillo mantequillero al no tener cerca un desarmador lo tenemos más que claro.

Voy un poco más allá con las herramientas informáticas: son una maravilla cuando permiten automatizar tareas repetitivas y tediosas que no agregan valor al proceso y, al contrario, liberan a las personas para que puedan usar su inteligencia y su tiempo en cosas que verdaderamente generen valor.

Incluso, aterrizando el tema a lo cotidiano: esos robots que limpian el piso de manera autómata son una preciosidad. 

Pero en el asunto de quitarte la molestia de pensar, no estoy de acuerdo.

Recuerdo que siendo joven leí una frase —tal vez al final de un artículo de una revista Selecciones— que se me quedó muy grabada y decía lo siguiente: 

«La máquina es rápida, precisa y estúpida. El hombre es lento, impreciso y brillante»

La frialdad de la máquina nunca podrá igualar la calidez humana. Coincido con lo que Juan Villoro escribió: 

«Solo las manos verdaderas escriben poemas verdaderos. […] Los versos y las manos apelan al contacto con el otro, al 'misterio del encuentro'. El robot ya ata los zapatos, pero no necesita otras manos».


¿A qué puedo asemejar un poema, una canción, un texto redactado por un ser humano en comparación con una inteligencia artificial?

¿Cuál prefieres? ¿Una deliciosa tortillita nixtamalizada hecha cuidadosa y conscientemente a mano?


¿O una triste y aburrida tortilla escupida, como miles más, por una ruidosa máquina?


Así que: no, gracias; no necesito que hagan mi redacción, Word y Copilot. Yo puedo solo. Y, a diferencia de ustedes, disfruto haciéndolo.


Hasta la próxima.


Uso y abuso de la inteligencia artificial (IA) | por Rafa Ibarra


 

Uso y abuso de la inteligencia artificial (IA)

Autor: Rafael Ibarra Mojica

Use it or lose it. Así han denominado los neurólogos a un mecanismo utilizado por nuestros cerebros que puede explicarse sencillamente así: mientras más utilices herramientas externas para realizar tareas o resolver problemas en vez de usar tu cerebro, más pronto perderás esa capacidad de hacerlo tú mismo.

¿Acaso es una exageración? Desafortunadamente la evidencia demuestra que no: expertos explicaron ante el Senado de Estados Unidos que la generación Z es la primera en la historia moderna en registrar un rendimiento inferior a sus progenitores en mediciones de atención básica, memoria, alfabetización y coeficiente intelectual.

¿Para qué memorizar algo si con Google puedo buscar cualquier información en el momento que quiera, desde el lugar que quiera, con mi dispositivo móvil?

¿Cuál es la necesidad de desarrollar mi capacidad de análisis, de abstracción, de síntesis, de comprensión (las llamadas habilidades de pensamiento) si puedo pedirle a una herramienta de inteligencia artificial que piense por mí?

            ¿Qué uso tiene aprender a redactar correctamente (sintaxis, semántica, ortografía, puntuación) si una herramienta de IA puede escribir por mí los ensayos, la tesis y posteriormente los correos electrónicos y las presentaciones que mi profesión precise?

¿Por qué desperdiciar el tiempo aprendiendo a sumar, restar, dividir y multiplicar si mi dispositivo móvil puede resolver incluso operaciones más complejas?

            Cada una de estas preguntas retóricas se siente como un golpe a mi pensamiento crítico, aunque esa última es una estocada directa a mi corazón físico matemático que aprendió que cada asignatura estudiada —y a veces, odiada— era la base para acceder a conocimientos más complejos y desarrollar mejores competencias.

            Debo decir que me preocupa enormemente el derrotero al que nos ha conducido el uso y abuso de la inteligencia artificial (IA). Creo que lejos de traerle un beneficio a las personas, facilitándoles la vida, las está perjudicando grandemente. Y no solo a nivel cognitivo, que ya de por sí es algo alarmante, sino que existe algo más grave en lo que he meditado en fechas recientes. Procedo a explicarlo.

            Primero, debemos saber que protestar por facilitarle la vida a los jovencitos en sus deberes escolares no es algo nuevo. Cuando a finales de los años 1970 se permitió en las escuelas de los Estados Unidos que los estudiantes utilizaran calculadoras de bolsillo hubo voces que protestaron. ¿Cuáles fueron sus argumentos? Obviamente, algunos mayores sintieron que si a ellos les tomó tres años aprender a hacer divisiones grandes, a los jovencitos debería costarles otro tanto. Pero hubo una argumentación que me llamó mucho la atención: las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Lo anterior mirado desde el punto de vista de que es antinatural que un niño pueda dividir 17.3 entre 945.8 en un segundo.

            Las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Reflexionando en esta frase es que observé el verdadero peligro: cuando somos niños, estamos en nuestros primeros años de formación, por lo que es imprescindible reconocernos ignorantes de muchas cosas: darnos cuenta de que no sabemos todo, de que no podemos todo. Ser consciente de esto te ayuda a desarrollar dos virtudes lastimosamente escasas hoy día: la modestia y la humildad.

También es imperativo para cada uno comprender que, si te esfuerzas por aprender, lo conseguirás. Te va a costar, quizás mucho, pero valdrá la pena. El aprendizaje mismo será tu premio; algo que nadie te regaló, sino que tú mismo te granjeaste. Es tuyo por mérito propio. Este es el otro grave riesgo que ya estamos sufriendo: quienes abusan de la IA no pueden desarrollar el sentido de logro de quien sí se esforzó por aprender y tiene un mérito real y auténtico por lo que hizo.

En conclusión, creo que las generaciones «viejas» tenemos el deber de no facilitar demasiado las cosas a la generación actual. En vez de eso, debemos enseñarles a esforzarse y a adquirir un sentido de logro verdadero.

Créanme: para eso no hay —ni habrá nunca— una app.

Use it or lose it.


jueves, 23 de abril de 2026

"Se venden libros leídos"

Alguna vez me corrigieron por haber dicho que estaba buscando lugares donde vendieran libros usados. "Se les dice libros leídos", fue como amablemente me enmendaron la plana. Por supuesto, tal rectificación solo podría provenir de alguien que amaba los libros —y así era—, por lo que humildemente acepté dicha amonestación y desde entonces utilizo esa expresión.

En el documental Pretend it's a city, protagonizado por Fran Lebowitz, ella menciona que cuando era pequeña, le parecía que el mundo era muy grande; pero cuando aprendió a leer, inmediatamente el mundo se hizo ¡billones de veces más grande! Si ya era una niña feliz, al ver que había adquirido este superpoder —saber leer— aumentó su felicidad muchísimo más.

La lectura te permite vivir otras vidas que no son la tuya, adquirir pensamientos que no pensaste tú, obtener conocimientos que de otra manera hubieras ignorado por siempre, reír por ocurrencias de mentes sumamente ingeniosas, e incluso sufrir por sentimientos que nunca has experimentado —y que ojalá nunca llegues a hacerlo.

Retomo un pensamiento de Fran respecto a la gente que busca libros: no los rechaces solo porque su trama no se parece a tu vida o sus personajes no se asemejan a tu persona. ¡De eso se trata! De conocer lo que no conoces. La lectura no debe ser siempre un ejercicio de autoafirmación, sino de exploración, de aventura. No hay que ser tan cerrado.

Es una sugerencia solamente. Lean lo que quieran, ¡pero lean! Como lo mencioné en este otro artículo: La lectura es al cerebro lo que el ejercicio a los músculos (den clic aquí para leerlo).

Les comento, mis valiosos cuatro lectores, que decidí agregar a este blog el enlace a un álbum de fotos con algunos libros que he leído y otros que tengo en proceso. Verán esta imagen en la barra derecha de su computadora o abajo del artículo en su dispositivo móvil.



Mis cuatro lectores, yo sé que ustedes leen, pues son inteligentes. 

Les deseo una feliz y placentera lectura.

Hasta la próxima.



domingo, 19 de abril de 2026

Prole de víboras

 


Mosca muerta

Resbalándose, cual su escamosa piel le permite, fue como se metió con el hombre que la preñó estando soltera, aunque había prometido lealtad y pureza a una autoridad Superior, amén de a sus padres. El fácil autoengaño del “soy bonita” la condujo a ello, como lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Sus chilpayates han sufrido las consecuencias de su mal juicio; quienes antes la defendían del ataque de su propio progenitor, ahora deciden darle la espalda tras comprender que el sufrimiento que han arrastrado toda su vida ha sido culpa del egoísmo de ella. El autoengaño la llevó a justificar las infidelidades. ¡Malditas zorras! piensa sobre sus rivales. Pero ¿acaso no fue de esa misma manera como ella lo engatusó? ¿Con qué cara te quejas cuando descubres las cajas vacías de esas pastillas azules que él nunca usa contigo? ¿Y acaso no andas de resbalosa con cualquier portador de cromosomas XY? Hasta a la supuesta santidad la transformas en malicia con tus desplantes hacia aquellas que están felizmente casadas. Tu desquiciamiento es total, así como lo es tu infelicidad, la cual quieres compartir con todos quienes te rodean.

Tu conducta de vil y ofrecida hetaira te ha ganado el mote de la Mosca muerta.

Qué irónico que tu nombre también empiece con eme.

 

La rancherita

Puedes sacar a la niña del rancho, pero nunca sacar el rancho de la niña es como reza un refrán que se ajusta a ti por completo. Te pesa tanto vivir en una ciudad grande que el trauma rural de tu existencia es insoportable. No eres nadie, y lo sabes.

Tu vanidad pretenciosa la avivas exigiendo a tu pelele marido que cumpla tus caprichos materialistas para llenar el agujero eterno de tu autoestima, nula, inexistente. Solo apariencias, cosas engañabobos; empezando por ti. Tu complejo de inferioridad intentas disfrazarlo al fingir superioridad, buscando rebajar a tu nivel a aquella de quien te sientes amenazada. El amor al prójimo que falsamente predicas será la evidencia condenatoria que se aplicará sobre ti cuando llegue la Justicia final.

Sabes que nunca serás amada, porque ante los ojos de Él eres un instrumento de Su enemigo, el maligno, tu amo, quien igualmente buscó para sí mismo lo que no le pertenecía. Digna hija de este último es lo que tú eres. La envidia te corroe hasta las entrañas.

Anda, sigue formando tu séquito de aduladoras y lambisconas, quienes se creen la hipocresía que representas a la perfección con tu falsa vida. Ese grupo de dañadas a quienes se conoce como las queens.

No eres ni serás nunca absolutamente nada. Pablo dixit.

 


domingo, 12 de abril de 2026

Curso básico de Redacción Sin Dolor | Tarea 4 | Tema: Desilusión

 


Para la cuarta tarea de mi curso de redacción el tema fue Desilusión. La descripción de la tarea era esta: "Se escribirá en primera persona y nos precisa recordar aquel día o situación en que descubriste que algo o alguien no era lo que pensabas. Uno puede desilusionarse de una persona, de un empleo, de un objeto, de los Reyes Magos, etcétera".

Les recuerdo que se nos pide redactar usando un máximo de 250 palabras (una cuartilla). Estas fueron las que escribí.


Tan amigos como siempre

Rafael Ibarra Mojica

Escribir sobre “aquel día en que descubrí que alguien no era lo que pensaba” irremediablemente trae una palabra a mi mente: hipocresía. Si hay algo que realmente me asquea son las personas hipócritas. He leído el buen libro que nos recomienda no tener “trato con hombres amantes del engaño” y evitar “a los que esconden lo que son”. “Aléjate de ellos”, aconseja tajantemente.

            Me han desilusionado muchas personas en mi vida. Pero qué más podía esperar de las promesas de los políticos, ¿verdad? Incluso algún compañero de trabajo llegó a decepcionarme alguna vez. Cuesta aceptarlo, pero es algo “normal” en esta sociedad tan podrida en que vivimos.

            Pero que la hipocresía se dé en un ambiente que supuestamente promueve la paz y el amor, como es el entorno religioso, es lo último que esperarías. El abuso de poder que proviene de los mismos que decían ser tus amigos — quienes te abrazaban diciendo “tan amigos como siempre”, mientras te apuñalaban por la espalda— es la mayor desilusión, decepción y desengaño que he vivido.

            Como la paz mental es de gran valor para mí, decidí no enfrentarme a la jauría rabiosa que se me abalanzó, y preferí retirarme de ahí. Afortunadamente, una autoridad superior revisó el caso y me dio la razón, lo que me trajo más paz aún.

Cabe mencionar que, a pesar de esa gran desilusión, mi fe en mi Dios se mantiene intacta. No fue Su culpa. Fue de ellos.




Hasta la próxima.


domingo, 5 de abril de 2026

Observando el mundo | Opinión y comentario

Hay palabras que usamos como sinónimos cuando no lo son en absoluto, pero el habla popular nos lo hace creer. Hoy, apreciados cuatro lectores, me referiré a un par de ellas: opinión y comentario.


Empecemos por las definiciones que nos da el diccionario de la lengua española [dle], tomando solo las acepciones que son pertinentes en este momento.

opinión

   Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien.

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comentario

Juicio, parecer, mención o consideración que se hace, oralmente o por escrito, acerca de alguien o algo.

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Mis inteligentes lectores ya se percataron de que estas definiciones son similares en parte. Pero hay una diferencia enorme entre ambas, la cual me permití subrayar en la segunda definición: se hace oralmente o por escrito. Es decir: sale de uno, la damos a conocer al mundo exterior.

Todos y cada uno de nosotros nos formamos opiniones, pero no todos decidimos expresarlas, es decir, hacer comentarios.

Mi admirada Fran Lebowitz declaró en una entrevista: "Toda la gente tiene opiniones, todos los seres humanos; hasta los niños de tres años tienen opiniones". Y su remate fue sencillamente tan magistral como brutal: "Eso es lo que es un berrinche".

La afirmación de Fran da lugar a una pregunta: ¿podríamos decir que existe una relación entre la inmadurez y la expresión desbocada de opiniones (ergo, comentarios) hecha tanto en persona como mediante las redes sociales?

Indudablemente.

Como lo he mencionado antes, las redes sociales han generado varios fenómenos, entre ellos la aparición de una nueva y cibernética tribu urbana apodada los opinólogos —aunque yo más bien los llamaría los comentólogos. Son personas, de todo tipo, que sienten la necesidad apremiante de dar su opinión sobre cualquier asunto (y cuando digo cualquier asunto, en realidad es sobre cualquier asunto, por nimio que sea).

Son individuos que han transmutado la famosa frase de René Descartes "Pienso, luego existo" por "Comento, luego existo".

En otras palabras: "Si no comento, no existo".

Pero a los opinólogos eso no les basta; si alguien no le da un Me gusta (Like) a su comentario (la tan ansiada validación) o, al menos, se lo rebate, es cuando en realidad sienten que no existen. 


Epicteto dice que dentro de aquello que sí nos pertenece y es nuestra total responsabilidad están nuestras opiniones. Deberíamos atesorar nuestros pensamientos —formadores de dichas opiniones—, cuidarlos y guardarlos para nosotros mismos, o quizás para compartirlos con gente que sabemos que sí los va a apreciar. 

"Tampoco echen sus perlas delante de los cerdos", aconseja el buen libro. Como siempre, deberíamos hacerle caso.

"Eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras", es otro aforismo muy pertinente.

Corrobora al enunciado anterior el siguiente dicho que atribuyen al famoso líder sindical y político  mexicano Fidel Velázquez : "Si lo piensas, no lo digas. Si lo dices, no lo escribas. Si lo escribes, no lo firmes. Si lo firmas, niégalo". 


Sigamos formándonos nuestras opiniones, eso es sano en grado sumo. Pero, antes de espetarlas deberíamos preguntarnos: ¿en verdad vale la pena hacerlo?


Hasta la próxima.