He decidido tener una noche analógica: sin tecnología de avanzada.
Esto lo escribo en papel con bolígrafo.
Quiero tener música de fondo, así que enciendo mi estéreo Sony, limpio el vinilo de la banda sonora de «Arturo, el millonario seductor» y lo pongo en la tornamesa: la música analógica inunda la habitación.
Doy un sorbo a mi café, el que preparé con sumo cuidado en mi máquina Dolce Gusto® (qué esperaban, no soy un salvaje).
Medito en lo difícil que le puede parecer a los nativos digitales (esos niños que nacieron con contraseña y PIN para descargarlos, en vez de darlos a luz) el pasar un momento desconectados. ¿Desconectados de qué? De la realidad.
Mi apreciada Fran dice que ve a estos jóvenes creyendo que la realidad es lo que sucede únicamente dentro de las pantallas que acaparan su atención. Que aquello que los rodea, para ellos, no es la realidad. Fuertes declaraciones. Pareciera que se evadieran en su mundo digital. Pero la verdad es que no los culpo al ver el mundo real en el que les ha tocado crecer. Los mayores (ya paso de los 50, así que me autocategorizo como tal) tenemos al menos herramientas para lidiar con este. El alcohol, por ejemplo.
Ya en serio, el manejo de la frustración de parte de los jóvenes es tema de discusión. Miren, en este momento el vinilo que puse está ya en la última canción: la aguja de la tornamesa en breve llegará al final de su recorrido y emitirá ese sonidito rasposo y repetitivo hasta que yo me levante de mi asiento, me dirija a quitar el disco, limpie la superficie del otro lado, lo coloque de nuevo y, muy sutilmente, pose la aguja en el principio del lado B. A algunos quizás ya los cansó solamente el leer este procedimiento. Puede parecerles tedioso y hasta hacerlos sentir ansiedad. Pero, a quienes lo hacíamos una y otra vez en nuestra infancia, nos parece de lo más normal. Y tiene su encanto.
Por supuesto, no voy a negar que es muy padre poner Spotify® con su reproducción ilimitada de música (y sin comerciales, para quienes le brincamos con una lana). Yo mismo lo hago. Mas en esta ocasión el smartphone ha sido reemplazado por lo analógico (ándale, chiquito; pa que veas lo que se siente).
En este momento, caigo en cuenta de cómo me gusta escribir a mano, aunque mi letra parezca salida de un sismógrafo con Párkinson y espíritu de maraquero. La caligrafía brilla por su ausencia, pero la ortografía y la gramática jamás. Creo que garabateo rápidamente por un temor infundado a perder la idea que me hizo comenzar la línea. ¿Les ha sucedido?
Tacho algunas palabras al releer lo que acabo de escribir y las reemplazo por otras que me expresen mejor o que tengan más «punch». Todavía no es el texto final ni mucho menos. Volveré a releerlo después, ya que, según recomiendan los que dicen que saben, hay que dejar reposar tus escritos. De esta manera, los leerás con otros ojos. Dicen.
Ya me terminé mi cafecito. Ya suena la última canción del disco. Y ya se termina este artículo. ¡Que coincidencia tan venturosa!
Hasta la próxima.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.