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domingo, 16 de agosto de 2026

Cuánta razón tenía Dolina...

"Ah, típico de Tauro". Es lo que dicen con un reduccionismo bárbaro quienes creen en esas cosas, refiriéndose a los que demostramos cierto grado de terquedad (no gratuita) y, por ventura, nacimos en la primera quincena de mayo.

Pues a  veces ser terco no es necesariamente un rasgo negativo. Al menos, no en este caso que traigo a colación, mis queridos (y seguramente, alguna vez, tercos) cuatro lectores.

—¿Y en qué consiste esa obstinación, testarudez, obcecación, tozudez, pertinacia, irreductibilidad, contumacia o empecinamiento, oh intrigante bloguero?

En leer es su idioma original (inglés) un libro de una escritora norteamericana llamada Deborah Eisenberg. Como el inglés no es mi idioma nativo (ni colonizado, faltaba más; ese vino de España), y mi mayor contacto con este es por la lectura de artículos de tipo técnico y de negocios, encuentro en estos relatos cortos muchas palabras y expresiones que no conozco. Así que me toma mucho más tiempo del normal entender exactamente lo que la autora buscaba expresar.

Una de mis hojas de anotaciones con palabras y expresiones

Por cierto, el libro en cuestión se llama Your Duck Is My Duck. 


Me inicié en su lectura el 19 de julio, hace casi un mes, y apenas terminé de leer el primer relato corto (el que le da título al libro). Les aclaro que no lo he leído día tras día, pues no siempre tengo el tiempo (inasible recurso no renovable) ni el ánimo para hacerlo.

—Oh, mentecato redactor, ¿acaso no sabes que ya puedes conseguir ese libro traducido al español?

Volteando mis ojos al cielo respondo: obvi que sí, dah. Pero ya me pasó con el libro traducido al español de Fran Lebowitz, el cual traía tantas N. del T. (notas de traductor) que pensé que tenía que leer el original personalmente. ¿Y saben qué? Valió la pena. A pesar de que la traducción sea la más mejor del mundo, la inteligencia e ironía de Fran solo se puede apreciar en todo su esplendor en inglés.

Joya literaria

Además, yo no leo por leer. O peor, como lo describió magistral, irónica y crudamente Alejandro Dolina: yo no leo para decir que he leído.

Los invito a ver ese revelador (y, al mismo tiempo, desenmascarador) video aquí abajo.


Lapidaria su frase: «La gente no quiere leer, sino quiere haber leído». 

¡Tómala! Y miren que cuando dijo eso, si se fijan bien en el video, no existían las redes sociales: todos los jóvenes ahí presentes tenían su total y completa atención puesta en quienes departían al frente de ellos, para no perderse el menor detalle. Hoy día no faltaría el montón de malditos celulares enfrente de todas las caras, grabando. Si ya en ese entonces había quienes pensaban en la inmediatez (según el comentario de Dolina), en vez del placer de la lectura, ahora la cosa es hartísimo mucho peor.

En fin. Cada uno puede hacer de su vida un rehilete, si quiere. 

Algunos preferiremos seguir a nuestro lento ritmo, disfrutando de lo que deseemos leer.

Por cierto, Deborah Eisenberg es una de las autoras y los autores de cuentos cortos (short stories) que Fran Lebowitz recomiendó leer durante una entrevista que le hicieron. Si la recomendación viene de ella, entonces vale la pena darles una oportunidad, y en su idioma original.

Hasta la próxima.


domingo, 21 de junio de 2026

«Solo puedes entender a tus contemporáneos»

La frase que da titulo a este artículo, mis meditabundos cuatro lectores, se la escuché decir a la escritora Fran Lebowitz (constante referente de este blog) en una entrevista en que le pidieron dar su opinión de la generación actual. Si desean ver un fragmento de dicha entrevista, pueden dar clic en esta liga.

Con esto afirmó que no podemos entender a los que son más jóvenes que nosotros ni a los que son mayores, pero entendemos sin problema el porqué los de nuestra misma generación piensan así, se comportan así, se visten así. 

Cada vez hay más personas compartiendo su desconcierto con las generaciones que los preceden (los milenials y generación Z con los de generación X y los boomers) y las que los suceden (generación X y boomers con los milenials y generación Z). 

Pero ¿saben qué? Siempre ha sido así: la generación anterior desconfía de la capacidad de la generación actual. Y así seguirá siendo in saecula saeculorum, es decir, ad nauseam.


Ahora bien, si lo que se desea es buscar culpables del desastroso resultado de la generación Milenial o la Z, les doy una pista: fíjense en los padres que los criaron. ¡Ah, caray! ¡Son de mi generación, la X!

La única manera de que una generación salga igual que la anterior (tal y como sucede en las ecuaciones matemáticas) es que los factores sean los mismos (y no hablemos de los operadores). Y estos son muchísimos. Mas la crianza tiene un papel preponderante.

Si desean continuar con esas discusiones bizantinas de «mi generación es la mejor de todas», échenle ganas.

Hasta la próxima.

domingo, 8 de marzo de 2026

Observando el mundo | De la calculadora de bolsillo a la inteligencia artificial: el desastre que Fran predijo

Mis apoteósicos cuatro lectores, les cuento que tras meditar un buen rato en un artículo salido de la ingeniosa mente de Fran Lebowitz (frecuente referencia en este blog), he llegado a la conclusión de que es una profetisa de nuestros tiempos. El ensayo al que me refiero se encuentra en su libro Un día cualquiera en Nueva York [Editorial Planeta Mexicana, 2023], bajo el título Los relojes digitales y las calculadoras de bolsillo: corruptores de la juventud. Qué rubro tan sugerente.

Antes de proseguir con mi disertación, me parece pertinente aclarar que dicho tratado fue publicado en 1978, en su libro Metropolitan Life, hace casi cinco décadas. La propia escritora, nacida en 1950, contaba con apenas 28 años de edad, la mayor parte usados en su fructífera labor de observadora social (como ella misma se define).

Dicho lo anterior, les platico que en ese ensayo nos comparte lo mucho que sufrió en la infancia para aprender a hacer divisiones largas: las siempre temidas matemáticas. Siendo sinceros, algunos batallamos más que otros, pero la gran mayoría nos podemos identificar en esto con Fran, ¿a poco no?

Bueno, en su escrito ella nos deja claro que está en absoluto desacuerdo en permitir a los niños utilizar tanto relojes digitales (en vez de los analógicos, los de manecillas) como calculadoras digitales.

Foto tomada de Pxhere.com

Pauso un momento para decirles que mi primer reloj fue analógico; tenía en la carátula la imagen de la Pantera Rosa (una caricatura muy famosa en ese momento); un brazo era el minutero; el otro, el segundero. Me encantaba. Claro, fue gracias a la paciencia de mi madre —quien con un cartón de cereal hizo una carátula de reloj— que aprendí a leer la hora tras dominar la tabla del 5 en cualquier orden. Una vez que lo logré, fue que me gané el derecho a tener ese reloj. Fue hasta varios años después que entré en el mundo de los relojes digitales, siendo el primero uno muy sencillo —de dos botones— de Star Wars, con C3PO y R2D2 en la carátula. Los relojes analógicos son muy bellos, pero los digitales son más prácticos para mí.

Eso sí, usar una calculadora digital en la escuela era algo impensable en mi infancia. Y más, porque teníamos un director que adoraba torturarnos con ejercicios de cálculo mental cuando nuestro maestro titular no se presentaba o llegaba tarde.

Aunque difiero con Fran respecto al uso del reloj digital, sí coincido respecto a no permitir la calculadora durante la infancia. Esto es lo que ella escribió en parte (hay dos puntos que me permito omitir):

"Las calculadoras de bolsillo: tardé tres años en aprender a hacer divisiones largas y otro tanto deberían tardar ellos.

[...]

3. Es antinatural para cualquiera que no sea un niño poder dividir en cualquier circunstancia 17.3 por 945.8.*

4. Las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, se harán con el poder, lo cual traerá consigo, sin duda, que los muebles sean mucho más pequeños".


*Nota al pie de página: en México, usamos el punto para separar las cantidades decimales y le llamamos punto decimal; mientras que en otros países —como España— utilizan la coma para tal propósito y la llaman coma decimal.

 

Lo que se encuentra entrecomillado es el pensamiento de Fran. Esto fue profetizado en 1978, y su mayor cumplimiento nos está tocando atestiguarlo a ustedes y a mí, mis cuatro lectores.

¿Cuál es el peligro patente de lo que describió en los puntos 3 y 4?

Esto es lo que reflexioné: cuando somos niños estamos en nuestros primeros años de formación, por lo que es imprescindible reconocernos ignorantes de muchas cosas; darnos cuenta de que no sabemos todo, de que no podemos todo. Pero también es imperativo para cada uno comprender que si te esfuerzas por aprender, lo conseguirás. Te va a costar, quizás mucho, pero valdrá la pena. El aprendizaje mismo será tu premio, tu recompensa; algo que nadie te regaló, sino que tú mismo te granjeaste. Es tuyo por mérito propio.

Ser consciente de que existen cosas que todavía no sabes, te ayuda a desarrollar dos virtudes lastimosamente escasas hoy día: la modestia y la humildad. 

La modestia significa precisamente eso: conocer los límites que tienes, hasta donde llegas, en conocimiento y capacidad, en este momento. 

Reconocer lo anterior, te hace tener humildad; ser humilde al aceptar que eres lo que describe la palabra original en latín humus: tierra, suelo,… polvo. "Porque polvo eres y al polvo volverás”, es una frase del buen libro que muchísima gente escuchará en fechas próximas, según su fe. 

"Las calculadoras de bolsillo inducen a los niños a pensar que tienen en su mano todas las respuestas. Si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, se harán con el poder […]", escribió Fran. 

Lo que verdaderamente temía ella era que, si llegaban a pensar que tienen en su mano todas las respuestas y si esta creencia llega realmente a arraigar en ellos, no podrían llegar a desarrollar ni la modestia ni la humildad. ¿Cómo hacerlo cuando crees que todo lo puedes o todo lo sabes, gracias a un dispositivo que cabe en tu bolsillo?

Seguramente ustedes, mis siempre inteligentes cuatro lectores, ya hicieron la conexión entre el temor de Fran y el uso desmedido de la inteligencia artificial (IA) que aqueja hoy a centros educativos de todo el mundo: las personas ya no se esfuerzan realmente por aprender, sino por simplemente acreditar las materias o cumplir con una tarea.

¿Para qué esforzarme si todo el conocimiento del mundo está al alcance de mi mano (en mi smartphone o tableta), el día que quiera y en el momento que quiera y sin que me cueste? — podría preguntarse alguien. Pues valga la siguiente aclaración para quien piense así: a lo que tienes acceso es a información; ésta solo se convierte en conocimiento cuando la aprendes y, además, eso nuevo que aprendes lo conectas con algo que ya sabías; en ese momento se convierte en aprendizaje. Así que, ¡despierta! Únicamente estás adquiriendo información, no conocimiento. No te engañes.

Están dejando de lado la formación, por la información.

Otro grave riesgo que ya estamos sufriendo es que, quienes así obtienen su "conocimiento", no pueden desarrollar el sentido de logro de quien sí se esforzó por aprender y tiene mérito por lo que hizo. Los dependientes de la IA no se merecen nada. Lo peor es cuando esas personas creen que lo merecen todo (que "son especiales"), pero ese es un tema generacional que da para otro artículo.

En conclusión, creo que las generaciones "viejas" tenemos el deber de no facilitarles demasiado las cosas a la generación actual —porque, a ver, ¿de dónde sacaron los chamacos el dinero para comprarse el smarthphone o la tableta?—, aunque nos lloren; en vez de eso, debemos enseñarles a esforzarse y a adquirir un sentido de logro verdadero, real. 

Créanme: para eso no hay —ni habrá nunca— una app.


Hasta la próxima.


viernes, 16 de enero de 2026

"La lectura es al cerebro lo que el ejercicio es a los músculos"

Mis estimados cuatro LECTORES —así, todo con mayúsculas—, la frase que da título a este artículo se la escuché al Dr. Enrique Rojas, e incluso leí como la llevaba a la práctica con su familia tras leer en un libro de su hija, la Dra. Marian Rojas Estapé, cómo los domingos por las tardes él acostumbraba a juntar a toda la familia en la sala de la casa, ponía música clásica (que al doctor Rojas le fascina) y cada quien tenía que ponerse a leer algo. Sobre el tema que cada quien quisiera, pero todos debían practicar su lectura durante una hora. ¿Qué logró con esta práctica habitual? Pues imbuir el gusto por la lectura en sus hijas desde jóvenes. 

Y es que es verdad que la lectura es al cerebro lo que el ejercicio es a los músculos. Y un músculo que no se usa —bien sabemos— se atrofia y eventualmente se pierde.

Si tenemos bien arraigado el hábito de la lectura, cuando seamos mayores de edad nuestro cerebro lucirá como la siguiente imagen.


Pero, si por el contrario, no tenemos esta sanísima costumbre, con el tiempo nuestro cerebro vendrá más bien pareciéndose a esta otra imagen.


Nunca es tarde para adquirir este virtuoso hábito, el cual es más beneficioso (según lo revelan estudios recientes) si se realiza con ejemplares impresos, sean estos libros, revistas, periódicos, pasquines, manuales, recetarios, etcétera. Es muchísimo mejor si está impreso. Personalmente, tengo un dispositivo Kindle, pero no me sabe igual la lectura. Tendrá muchas ventajas, pero el poder sentir el paso de las hojas entre los dedos, percibir el aroma del papel y la goma, poder subrayar y hacer anotaciones, no tiene comparación.

Ahora bien, ¿por qué no nos gusta leer a los mexicanos? Para empezar y acabar pronto, es por una sencilla razón: porque desde la escuela nos obligaron a leer obras inadecuadas para nuestra edad (El Ramayana, el Popol Vuh o El Poema del Mío Cid) y eso automáticamente se convirtió en un castigo en nuestra imberbe mente y así quedó plasmado para siempre en la memoria.

Lo mismo pasa con las nuevas generaciones, y peor si consideramos que los niños actuales —los nativos digitales— ahora tienen una capacidad de atención (span attention) más corta que la de Dory, la pescadita de Buscando a Nemo. 

Pero no todo está perdido. Esto se puede revertir. 

Y es urgente hacerlo. ¿Por qué? Hay una frase de la escritora Fran Lebowitz (soy su fan), publicado en su libro The Fran Lebowitz Reader [Vintage Books / Random House Inc., 1994] (una compilación de  sus libros Metropolitan Life y Social Studies), que lo deja muy claro, y a la letra dice lo siguiente:

"Think before you speak. Read before you think. This will give you something to think about that you didn't make up yourself —a wise move at any age, but most especially at seventeen, when you are in the greatest danger of coming to annoying conclusions".

—Fran Lebowitz (The Fran Lebowitz Reader, Tips for Teens)

En la traducción al español de Tusquet Editores (Editorial Planeta, 2023), lo vertieron de esta manera:

"Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Eso te dará materia de reflexión sobre tus limitaciones; una sabia iniciativa a cualquier edad, pero más a los diecisiete años, cuando corres un mayor riesgo de llegar a conclusiones preocupantes".

—Fran Lebowitz (Un día cualquiera en Nueva York, Sugerencias para adolescentes)



Lo que Fran dice —de manera tan acercada como irónica— es que leer nos abre la mente a otra ideas, ideas de alguien más. No quedarnos encerrados solo en las nuestras. Podemos conocer pensamientos que a nosotros quizás nunca se nos hubieran ocurrido. También podemos vivir experiencias que nunca nos han sucedido —y menos si el libro es de ficción—, o conocer lugares que nunca hemos visitado.

Además, dicen los expertos en neurología que la lectura aumenta nuestra empatía. Es por eso que si leemos una novela en que el personaje siente miedo o alegría, nosotros también lo sentimos. Incluso, las regiones motoras del cerebro, las que se activan cuando hacemos algún movimiento, también se activan cuando leemos palabras que describen esos movimientos. ¿Qué loco, verdad? El cerebro simula la acción que lee.

En algo que me pareció muy bello, Raymond Mar, doctor en Psicología de la Universidad de Nueva York, dijo: "Puede que nunca sepamos cómo es vivir como una persona con discapacidad, pero podríamos acercarnos a entender esa experiencia si leemos un relato muy bien escrito que nos pone en el lugar de la persona que lo está viviendo".

Y le creo totalmente. En lo personal, cuando leí la increíblemente bien escrita historia El niño con el pijama de rayas, podría sentir que yo estaba a un lado del protagonista, viviendo todo lo que él experimentaba. Si no lo han leído, se los recomiendo bastante. No volverán a ver la vida igual.

Magnífica novela

Reitero que prefiero leer de un ejemplar físico cuando la lectura es para mi disfrute, dejando solo los medios digitales cuando se trata de algo breve o de alguna investigación. La mayoría de las veces, cuando se trata de una lectura obligatoria (lo tienes que leer porque lo tienes que leer, no por gusto) también me decanto por el medio digital.

Además, la lectura en formato físico deja una huella más duradera en la memoria, como lo dicen los estudios hechos por los expertos. Y la retención aumenta cuando subrayas y haces anotaciones al margen del libro. 

¡Ah! Yo tengo una regla: nunca presto un libro. Muy rara vez la rompo; solo cuando a quien se lo presto le tengo muchísima confianza (algo muy raro) o cuando sé que puedo caerle a palos para recuperar mi ejemplar sin temor a represalias.

En lo posible, seguiré tratando de leer siempre en papel. Pero, reconozco que habrá quienes prefieran los medios digitales. Y está bien, mientras lean.

De hecho, hace poco vi este video que les comparto, donde un escritor del calibre de Arturo Pérez-Reverte (su página aquí) da una opinión que no es acorde a la mía en la lectura. Pero, vamos, ¿acaso leer no nos enseña también a escuchar a quienes no piensan igual que uno? La lectura abre la mente; las redes sociales la polarizan.

Denle play para escuchar la opinión del maestro Pérez-Reverte, amigo de mi estimado César Güemes (leer la nota aquí).


Así que, vamos a fortalecer ese músculo llamado cerebro. Vamos a leer, pero en serio. Lo que les guste, pero lean.

Su yo del futuro se los va a agradecer enormemente.


Hasta la próxima.

sábado, 25 de octubre de 2025

"Escribir es un trabajo tan difícil como la minería de carbón. Pero sin el glamour."

Mis serenos cuatro lectores, acompaño este momento de redacción con una taza de buen café espresso, mientras medito en la frase de Fran Lebowitz que da título a este artículo.

El buen café debería ser un derecho divino

Bien saben ustedes, público culto y conocedor, que el contexto es sumamente importante para captar realmente el sentido con que el hablante dijo una frase, a fin de no terminar usándola mal.

A lo que se refiere Fran no es al simple hecho de tomar pluma y papel —o un dispositivo mecánico (máquina de escribir) o uno electrónico (celular, tableta, portátil)— y ponerse a plasmar letras y signos de puntuación. Ella se refiere a la profesión de ser escritor. Y, no solo eso, sino también a ser un buen escritor. Porque, como ella misma ha dicho —y coincido con ella— no todos tenemos el talento de los grandes escritores, ni los antiguos ni los contemporáneos. Pero, no por eso vamos a dejar de escribir, ¿verdad?

Si alguien quiere dedicarse a ser escritor, es decir, que vaya a querer vivir de eso, pues tiene una presión mucho mayor que quienes simplemente deseamos expresarnos usando palabras. De ahí es donde surge esa dificultad que ella describe como la que vive un minero que baja a las entrañas profundas de una peligrosa mina de carbón —¡imagínense!—, ah, y sin ser tan glamorosa la vida del escritor como la del minero. Tan irónica Fran, como siempre.

Personalmente, como ya mencioné antes en este escrito, es por gusto que escribo en este blog, así como lo hice en el anterior. Acá entre nos, les comparto que cuando tenía el blog anterior me propusieron de Kala Editorial (quienes le publicaron un libro de cuentos al buen Guffo Caballero [liga aquí]) el hacer un libro con notas de mi blog. Como no tenía el interés ni las ganas de gastar dinero en eso (oh sí, por si no lo sabían, tú tienes que meter de tu lana) les agradecí la propuesta pero la decliné.

Con todo y dedicatoria del buen Guffo

En mi caso, la escritura es mi hobby, mi pasatiempo. Es como, por ejemplo, conozco a algunos que tienen el pasatiempo de andar en bicicleta de montaña. Estas personas saben que no basta con contar con un buen equipo, sino que necesitan conocer ciertos principios y reglas, y tener en su haber herramientas para hacer su actividad ciclista mejor cada día (no es lo mismo andar en planito que en una subida, y mucho menos en una bajada escarpada). 

Quienes gustamos de escribir sabemos muy bien que únicamente contamos, como "material", con palabras y signos de puntuación.  No hay más. Pero no basta con ello, pues necesitamos también seguir las reglas de gramática, de sintaxis y de ortografía para poder expresar de la mejor manera lo que queremos decir. Que sea entendible. Sabemos que se trata de que quien lea nuestros escritos lo haga sin la necesidad de que estemos nosotros presentes para explicarles lo que quisimos decir. Si ese fuera el caso, entonces fracasamos como escritores. 

A diferencia de cuando nos expresamos hablando frente a alguien, que podemos hacer pausas, o gestos con nuestras manos, los ojos o la misma boca, o que aceleramos o bajamos el ritmo de la plática, o subimos o bajamos el tono para sonar más ansiosos o calmados, respectivamente, los escritores no contamos con esos recursos; tenemos que tratar de expresar la ironía, la tristeza, la felicidad y todas las demás emociones usando únicamente palabras y signos de puntuación. Difícil, ¿verdad?

Personalmente, quiero mejorar en mi redacción, porque es algo que me gusta: aprender cosas nuevas. De hecho, ya me inscribí a un curso de Redacción Sin Dolor, basado en el trabajo del Maestro Sandro Cohen, que iniciará la próxima semana.

Basado en el trabajo del Maestro Sandro Cohen

Seguramente me daré cuenta de muchos errores de redacción que cometo, pero eso será lo más emocionante: aprender cosas nuevas y enderezar lo que ande torcido.

Si les llegara a interesar el curso, den clic en esta liga.

Luego les cuento cómo me fue. 

Hasta la próxima.


viernes, 24 de octubre de 2025

Observando el mundo | "¿Te preocupa la IA (inteligencia artificial)?"

Mis afables cuatro lectores, les cuento que cuando retomé la escritura de mi blog, y a medida que iban surgiendo mis artículos publicados en este, hubo quien me preguntó que si yo los escribía directamente o los generaba mediante inteligencia artificial, la tan últimamente mentada IA.

Sinceramente, confieso que me sorprendió mucho tal insinuación, y desconozco lo que haya motivado a esa persona a suponer que yo podría estar usando la IA para escribir mis artículos. A quienes realmente me conocen y han tenido la oportunidad de conversar conmigo, esa idea no les cruzaría por la cabeza.

No, no utilizo herramientas de IA para que escriban por mí los artículos que luego publico bajo mi nombre en este blog. Todo lo que ustedes, mis cordiales cuatro lectores, leen en este blog fue meditado, investigado, redactado y corregido por una mente humana: la mía. Escritura al estilo de la vieja escuela —old school—.

Artículos escritos al estilo de la vieja escuela

Por supuesto, cuando no cuento con material suficiente en mi biblioteca  sobre algún tema del que quiera escribir, o se trate de un tema sobre el que sea pertinente buscar información actualizada, entonces investigo usando búsquedas de Google. Nunca he utilizado alguna herramienta especializada de IA, como el célebre ChatGPT. ¿Las usaré expresamente para esto algún día? No. No me interesa.

Siendo un profesional del área de Informática no soy nada ingenuo como para declarar "Nunca usaré la IA", pues sé que las búsquedas de Google la utilizan, así como los videos que me sugiere YouTube, las canciones que me recomienda Spotify y "cree que me pueden gustar", los oportunos mensajes de la aplicación Uber Eats que parece saber exactamente el momento cuando me empieza a rugir la tripa de hambre, sin olvidar los Google Ads que empiezan a aparecerme sin que yo haya hecho una búsqueda en forma en Google, sino que simplemente hablé en voz alta con alguien sobre algún producto que me interesaba (tétrico, ¿verdad?).

Quienes piensen que la IA es el futuro están muy equivocados. La IA es el ahora.

"¿Te preocupa la IA?", es una pregunta que se escucha frecuentemente en muchas partes.

"Estoy más preocupada por la inteligencia humana que por la inteligencia artificial", respondió no hace mucho a dicha pregunta la escritora Fran Lebowitz en una entrevista con su ya famosa agudeza. En este caso, concuerdo con ella. Seguimos buscando vida inteligente en el espacio sideral cuando, en realidad, es más urgente encontrarla en este planeta. Pero bueno, qué le vamos a hacer.

Sobre la IA se dice mucho que nos va a quitar los trabajos, tal como decían nuestros vecinos del Norte sobre los indocumentados que entraban a su país. Y no los veo haciendo redadas para deportar las herramientas de IA. Sospechoso...

Hablando en serio (o al menos intentándolo), si hay algo que en este momento sí me preocupa sobre el uso de la IA son los mentados algoritmos que las empresas tecnológicas han desarrollado, basándose en estudios neurológicos y psicológicos, para influenciar nuestras decisiones. Y esos algoritmos, que son carísimos pues generan ganancias increíbles, se han aplicado a navegadores, redes sociales, páginas de internet y aplicaciones de todo tipo para mostrarnos lo que ellos quieren que veamos.

A ver si me doy a entender: en los inicios de los navegadores, allá por mediados de los años 1990, estas herramientas te traían toda la información que existía publicada en internet en ese momento. Por ejemplo, sería como si necesitaras cierta información y tú fueras a una biblioteca pública y pudieras acceder a todos los libros que hay ahí para investigar. Tú eras quien decidía en qué te ibas a enfocar. Eras tú quien limitaba la información con la que trabajarías.

Pero ahora, la manera en que se diseñan los algoritmos —oh, sí, esto está hecho así con toda la intención— es buscando que únicamente se te presente aquello que quieren que veas, pues lo que se busca es que permanezcas la mayor cantidad posible de tiempo dentro de la página o aplicación que estés usando. Porque eso significa dinero. Por eso el algoritmo sabe más de tus gustos que tú mismo.

Siguiendo con el ejemplo mencionado arriba, ahora sería como si entraras a la biblioteca pública, pero de inmediato cerraran una parte de la biblioteca y solo te dejaran entrar a una pequeña parte de ella que es en la que ya habías estado antes. No eres tú quien ahora limita la información con la que puedes trabajar. Alguien más la limita por ti.

¿Qué es lo grave de esto? ¡Que están limitando tu capacidad de pensar! ¡De conocer de diferentes temas! ¡Diferentes opiniones! ¡Incluso contradictorias!

¿Las consecuencias? Las vemos hoy más que nunca: las opiniones están totalmente polarizadas. Los asuntos se mueven únicamente entre blanco y negro, sin tener la capacidad de ver, no solo un amplio espectro de grises, ¡sino los demás colores, por Dios!

Si piensas que la Tierra es plana, el algoritmo se encargará de mostrarte únicamente información que diga que la Tierra es plana (así como que son unos imbéciles los que digan lo contrario), porque sabe que eso es lo que te gusta y, por lo tanto, te hace quedarte más tiempo en las redes y páginas que concuerdan con tu opinión, y eso significa dinero para los dueños de esas redes, páginas y aplicaciones. Si una de estas herramientas te presentara alguna información que dijera que la Tierra es redonda, tú podrías salirte de esa aplicación y el dueño perdería tu atención, y eso es malo para el negocio. Tome m'ijo, más opiniones sobre lo plano que es nuestro planeta.

Así pues, esto es lo que me preocupa de la IA, y ya lo estamos sufriendo actualmente; no es un problema futuro.


Ahora bien, la IA es una herramienta, como un cuchillo de cocina. En las manos de un niñito es sumamente peligroso, pero cuando está en las experimentadas manos de un gran chef, este puede preparar cosas maravillosas. De la misma manera, si esta herramienta, la IA, cae en manos de gente sin escrúpulos y con mucho dinero, y si no hay todavía leyes locales ni internacionales que permitan capear los peligros que la IA pueda representar, entonces lamento informarles que hay un infante desenfrenado con un cuchillo cebollero, sumamente afilado, corriendo por la casa. ¡Sálvese quien pueda!


Hasta la próxima.


domingo, 12 de octubre de 2025

Observando el mundo | "Me gusta toda la música"


Mis formidables cuatro lectores, hoy mientras disfruto de un cafecito escuchando los CDs 1 y 2 de mi colección La Música de los Dioses, medito en lo que siento cada vez que escucho a alguien decir la frase que da título a este artículo. Quizás alguno de ustedes también, a la pregunta "¿Qué música te gusta?", ha recibido esa respuesta, a saber, "Me gusta toda la música". Vamos a diseccionar dicha frase, ¿les parece?

"Me gusta..."

La acepción de la RAE sobre el verbo gustar que es la aplicable a este contexto sería equivalente a decir "Me agrada" o "Me parece bien", lo cual no tiene más tela de la cual cortar, así que prosigamos.

"...toda la música"

La palabra toda tiene 17 acepciones, y si además le sumamos las 17 acepciones propias de la palabra cualquiera (a la cual se trata como sinónimo de toda en la sexta acepción), encontramos que, en 34 ocasiones e invariablemente, se refiere a "la totalidad de los miembros de un conjunto". De nuevo, no hay más que se pueda decir, por lo que continuamos.

Aquí es donde se pone interesante el asunto, con la palabra música. Porque, por más que la RAE define que debe ser un "sonido grato al oído", o que debe tener "armonía" o buscaría "recrear el oído", en Wikipedia se menciona que es "un producto cultural", lo cual tira por la borda el concepto de que sea algo grato al oído. ¿Al oído de quién? ¿De todo el mundo? No lo creo.

Pero, bueno, vamos ahora a pensar un poco en qué implica decir "Me gusta toda la música".

Empiezo declarando que yo sí puedo decir que "me gustan todos los sabores de las palelocas de Luxus", porque los he probado todos. La cantidad de sabores de estos dulces es finita y contable (que puede ser contado), por lo que probarlos todos es una meta alcanzable.

Ahora, quien me dice que le gusta toda la música, ¿significa que ya escuchó TODA la música que existe? ¿TODA? ¿TO-DA? Fíjense bien. TODA.

Digo, ¿siquiera puede mencionar, por nombre, uno a uno todos los estilos y géneros de música que existen? 

Y, como empecé diciendo al hablar de la definición de Wikipedia más arriba, al entrar la cultura en escena, la música incluiría hasta los cantos mongoles guturales o khoomii. ¿Los ha escuchado? ¿Le gustan? ¿Los tiene en una de sus playlist de Spotify, Apple Music u otra plataforma? 

¿Le agrada el Death Growl, el Japanoise, el Ruidismo, el Screamo y un  extenso etcétera? 

No conozco a todos los que dicen que les gusta toda la música, pero apuesto doble a sencillo que no a todos les gustan, les agrada o les parece bien toda esa música que mencioné arriba. 

La conclusión es que, siendo prácticamente imposible que alguien haya escuchado toda la música, es imposible que le guste toda la música. 

"Me gusta toda la música" es una afirmación falsa.


Llegado a este punto, la inevitable cuestión "que salta, brinca, se arremolina" (parafraseando al gran Dr. Enrique Rojas) es la siguiente: ¿por qué alguien te responde que le gusta toda la música? Hay varias posibilidades. Mencionemos algunas.

1) Tiene 16 años, y por lo tanto, ya conoce todos los misterios del Universo.

2) No quiere pensar para responder (algo similar a la posibilidad anterior).

3) Quiere zafarse rápidamente de la conversación.

4) No le pone realmente atención a lo que escucha.

5) Lo que realmente quiere es encajar donde sea y no ahuyentar posibles relaciones con sus gustos musicales.

6) Existe la posibilidad de que esa persona en verdad crea que la música que ha escuchado es TODA la que existe, lo cual revelaría su creencia de que el mundo gira alrededor suyo: fuera de ella misma y su órbita cercana no existe nada más.


En otro orden de ideas, he escuchado decir: "Quien dice que le gusta toda la música, en verdad no le gusta nada". Difiero de la absolutez de tal afirmación. Creo que, al menos, un tipo de música sí les ha de gustar, pero no saben cómo responder a tal pregunta, la cual puede parecerles abrumadora y hasta causarles ansiedad. 

Vamos a ayudarlos. ¿Qué opciones tienen para responder a la pregunta de qué música les gusta?

Una opción sería, tras haber hecho una evaluación de sus gustos musicales (que realmente para algunos sería más como un examen de conciencia o acto de contrición, ay Dios), que haga una lista de dichos gustos y se memorice al menos unos cinco (vamos, que cinco de entre TODA la música no es nada). Así podrá decir dicha lista con soltura y parecerá que al menos tiene control de algo en su vida.

La otra opción, también válida, y muy útil hasta para hacer una declaración de principios, es hacer una lista de al menos cinco estilos de música que NO le gusten. Por ejemplo, podría responder: "Me gustan muchos géneros de música, pero los que sí sé que NO me gustan son el reguetón, la bachata, los corridos tumbados,..." y cuanta bazofia haya alguna vez osado insultar su inteligencia. 


Para dar por terminado este TED Talk que nadie pidió, cierro diciendo que, en lo personal, me gusta la música que tenga armonía y me produzca deleite, lo cual he encontrado en muchos géneros musicales.

Pero eso sí, les aseguro que escuchar a alguien "cantar" (súper entrecomillado) emitiendo un sonido parecido al de un perro que se le atoró un hueso de pollo en el pescuezo y trata desesperadamente de expulsarlo, por más que sea parte de "la cultura" de alguien, nunca será algo que me guste. Nunca.

Como bien dijo Fran Lebowitz: "Hay demasiada democracia en la cultura, no la suficiente en la sociedad".

Y, a todo esto, mis melómanos cuatro lectores, ¿qué música les gusta a ustedes?


Hasta la próxima.


lunes, 15 de septiembre de 2025

Fran y Jorge: la inteligencia irónica que nos hace falta

Mis aspiracionales cuatro lectores, hoy les platico sobre dos escritores, a los cuales ya podría considerar en la categoría de "Héroes" para mí, uno conocido de hace años y una recién descubierta.

El primero es el autor mexicano Jorge Ibargüengoitia, cuyo apellido "trabalenguoso" no vuelves a olvidar una vez que empiezas a disfrutar de sus libros. A Jorge lo descubrí gracias a la magnífica revista mexicana Algarabía, lo que me impulsó a buscar estos dos hilarantes libros que son una selección de los artículos que escribió para el periódico mexicano Excelsior de 1968 a 1976. Su increíble ingenio (lo que en inglés se conoce como wit) aplicado a la idiosincrasia del mexicano, nos dejaron una gran colección de artículos que te arrancan unas grandes carcajadas.

"Misterios de la vida diaria" e "Instrucciones para vivir en México"

Pero Jorge fue además un prolífico novelista, y algunas de sus obras fueron incluso llevadas al cine, como "Estas ruinas que ves".

Dos de sus excelentes novelas

Personalmente disfruté mucho más de sus artículos para el Excelsior, pues la ironía con que describe cosas tan cotidianas que vivimos los mexicanos aún el día de hoy, te hacen pensar: "¡Eso mismo me ha pasado y pienso exactamente lo mismo!".

Se los recomiendo mucho, por si no lo han leído.

Qué lástima que se nos fuera tan joven, a los 55 años, en un accidente de aviación, en España. Afortunadamente, como bien decía el Maestro Sandro Cohen: "El escritor [...] posee un arma secreta: las palabras escritas permanecen, mientras que las pronunciadas en voz alta se las lleva el viento".

Y recientemente descubrí a la magnífica escritora estadounidense Fran Lebowitz, gracias al documental de Netflix titulado "Pretend it's a city", dirigido por Martin Scorsese. Este es el trailer.


Fran sigue viva —algo que ella dice que a algunas personas las hace enojar— a pesar de fumar desde los 12 años y vivir —o sobrevivir— en Nueva York desde los 18. Y a sus casi 75 años mantiene su ingenio y agudeza intactos. Pueden encontrar en Youtube muchas entrevistas y sesiones de preguntas y respuestas con ella. Son entretenidísimas y cargadas de humor inteligente.

Sus primeros dos libros fueron compilados en uno solo llamado en inglés The Fran Lebowitz reader, y en español le pusieron Un día cualquiera en Nueva York.  Espero en octubre llegue mi ejemplar en inglés, porque quiero tenerlo y leerlo en el idioma original.

Superentretenida lectura

Conforme la he leído y escuchado, veo que coincidimos en bastantes cosas, aunque en otras discrepamos (personalmente la política no me interesa). Pero siempre me saca una sonrisa lo que esté leyendo de sus escritos.

Una de las cosas con las que coincido con ella es la importancia de leer. De hecho, cuando le preguntan que qué recomendación les daría a los jóvenes que quieren ser escritores, ella invariablemente contesta que no vayan a una escuela de escritores, sino que mejor se dediquen a leer y a aprender gramática. Y tiene sentido: de esa manera desarrollas tu propio estilo —y no uno institucional, todos los alumnos teniendo el mismo—. Pero la gramática, esa sí es crucial.

Y otra cosa que aconseja es: si no tienes talento en algo, no lo intentes hacer de manera profesional. Simplemente, no. No lo hagas. Ojalá muchos "artistas" e "influencers" pusieran atención a sus palabras. Pero es algo de lo que ella se queja: por más que lo dice, nunca le hacen caso. Qué lástima, Fran. Para todos nosotros también.

Regreso al punto sobre leer. Realmente es de lo más importante. Una vez que aprendes a hacerlo, eres imparable. Tienes todo el mundo por delante. El problema es que si nos enseñaron a ver a la lectura como un castigo, como un "tienes que", será prácticamente imposible desarrollar gusto —no digamos afición— por esta actividad.

Mis libros,...

..más libros,...

...que hasta ya no caben

¡Ah!, y está totalmente comprobado por la ciencia que es muchísimo mejor leer usando libros físicos —así como escribir con lápiz y papel— que utilizar medios electrónicos, pues se obtiene un mejor aprovechamiento del aprendizaje.

Como sé que mis cuatro lectores son una audiencia culta y conocedora, estoy 100% seguro que disfrutan leer. ¿Leer qué? ¡No importa! ¡Lo que sea que les atraiga! Así es como se logra la afición a algo: tiene que ser algo que te guste, te atraiga. Ya sea que lean el buen libro, o cómics, o novelas románticas, o un interminable etcétera, ¡qué bien! Pero hay que leer.

Tu mente se abrirá como no te imaginas.


Hasta la próxima.