Eras mi religión.
Lo más sagrado que tenía.
Dedicaba mi cuerpo y espíritu a ti.
Te pensaba, te procuraba, como si mi vida dependiera de tus
designios.
Hasta mi tiempo libre no era mío, sino tuyo.
No había algo que me pidieras que yo no hiciera.
Pero eso no te bastó y, cuando dejé de serte útil y me volví
incómodo,
me desechaste como basura,
cual, si insinuaras "El que no junta conmigo, desparrama",
cuando la verdad certera reveló tu verdadero yo.
Yo que te creía divina, guiada por lo más Alto;
pero ocultabas la más pútrida humanidad,
lo más deleznable, lo más ruin.
Mas solo soy un engrane entre millones
que pueden tomar mi lugar.
Para ellos eres su religión.
Mas ya no lo eres para mí.