«En el resplandor de la inactividad se fusionan el ser humano y la naturaleza».
— Byung-Chul Han
Con base en el análisis de Byung-Chul Han, actualmente «[…] solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento […]», y debido a eso «[…] interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes». Concuerdo con esto que expresó Han, pues en una ciudad tan industrializada como Monterrey, la llamada «productivitis» nos conduce a la enfermedad de la cronopatía: la sensación de que siempre debemos estar haciendo algo productivo, incluso en nuestro tiempo de descanso.
¿Estoy exagerando? Hace tiempo, un camarada me contó que cuando su papá planeaba las vacaciones familiares, trataba de llenar cada hora disponible. Por ejemplo, cuando fueron a Cancún, su padre arrastraba (esa es la palabra adecuada) a la familia a cuanta ruta turística pudiera. ¡No podían ni levantarse tarde porque a las 10 de la mañana salía el autobús hacia el punto turístico que papá había decidido llevar a todos! ¿Se imaginan a ese hombre una vez que se jubile?
Otro apunte interesante del autor es que a este derivado del trabajo que llamamos tiempo libre se le tiende a ver como algo de lo que hay que huir como la peste, pues «mal manejado» puede llevarnos al tedio, al aburrimiento extremo. Esto me hizo preguntarme ¿no esa es la razón por la cual ahora, ante la más ínfima pausa de actividad, nuestros jóvenes (y algunos mayores) sacan sus dispositivos móviles y se sumergen en las redes sociales para adormecer su cerebro (drogarse, pues) al no saber qué hacer?
Al igual que Byung-Chul, lamento que la inactividad haya perdido la intensidad vital que le caracteriza. Y es que entendemos incorrectamente el sentido de la inactividad: no se trata de estar inmóvil, sino de hacer algo, pero que esté libre «[…] del para-algo, de la finalidad y la utilidad a las que el trabajo está sometido».
Cuando niños éramos especialistas en la inactividad, en estar libres del para-algo al que se refiere este filósofo. Por ejemplo, si alguna vez cuando eran niños salieron a un patio de tierra a jugar, o en algún parque o rancho, quizás se recuerdan rodando una piedra grande hacia un lado para dejar al descubierto todos los insectos que ahí se encontraban: lombrices, hormigas, arañas, cochinillas. No lo hacían como parte de una investigación escolar. Era curiosidad pura.
El concepto del flâneur de Walter Benjamin, como lo explica este libro, me impactó. Es algo a lo que personalmente aspiro cuando tengo la oportunidad de salir a caminar, o mejor dicho, a deambular, andar sin un rumbo fijo y sin la presión del tiempo. «El flâneur hace uso de su capacidad de no actuar. No persigue ningún fin. Se entrega sin pensar al espacio que le 'guiña el ojo', al 'magnetismo de la próxima esquina, de una plaza lejana en la niebla, de la espalda de una mujer que camina delante'».
Han se lamenta también de la era en que vivimos, en la que se busca erradicar la inactividad a toda costa, pues «La experiencia […] no se la puede producir por medio de la actividad. La experiencia presupone, más bien, una forma particular de pasividad e inactividad. Su medio es la escucha. El ruido provocado en la actualidad por la información y la comunicación, sin embargo, pone fin a la 'sociedad de los que escuchan'». Su siguiente frase es lapidaria: «Nadie escucha. Cada quien se produce a sí mismo». ¿No es eso lo que ahora sucede con todo el mundo y sus dichosas redes sociales, queriendo convertirse en influencers?
«Hoy se impone por todas partes la forma de vida consumista en la que toda necesidad debe ser satisfecha de inmediato. No tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar lentamente. Lo único que cuenta es el efecto a corto plazo, el éxito veloz. Las acciones se acortan y se convierten en reacciones. Las experiencias se rebajan a vivencias. Los sentimientos se empobrecen en la forma de emociones o afectos. No tenemos acceso a la realidad, que solo se revela a una atención contemplativa.
Internet […] nos arrebata el 'don de la escucha'».
Me doy cuenta de que, hoy más que nunca, no hay que tener miedo a perder el tiempo, a dejar la mente volar, a aburrirse («el tedio es el umbral de grandes hechos»), a deambular como un flâneur.
Hasta la próxima.


0 comments:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario. Este será revisado, y en caso de pasar un estricto control de calidad (ja ja ja ja, hasta yo me la creí), se decidirá si pasa a la catafixia (donde puede mejorar o empeorar, no lo sabemos). Si eres un bot, ni lo intentes. Si no lo eres, pero quieres serlo, busca ayuda amigo(a).
Ahora sí, adelante, Shakespeare.