domingo, 24 de agosto de 2025

"¿Por qué querrías hacer eso?" (Parte 2)

Porque no hay parte 2 sin la parte 1...

Mis queridos cuatro lectores, me parece pertinente hacer una segunda parte del artículo anterior "¿Por qué querrías hacer eso?", porque hay quienes desestiman las preocupaciones que las redes sociales han provocado en los expertos de la salud mental de todo el mundo. ¿Cómo lo hacen? Tan sencillo como esto: creen que están haciendo un uso infensivo de estas redes sociales al compartir con todos sus contactos las selfies o fotos con otros amigos haciendo actividades o divirtiéndose, pero se autoengañan —perdón, pero lo digo en honor a la verdad— pensando que lo hacen para animar a otros (¿quiénes son esos otros?, qué definición más ambigua).

Ese es el autoengaño en que viven. Podrían pensar: "Publico las fotos de nuestra actividad para que mis amigos que no pudieron asistir se sientan motivados y así les alegro el día".

Really? (Y qué pretencioso creer que así le alegras la vida a alguien)

Perdón por romperles su burbuja a aquellos que piensan así, pero lo que los expertos han descubierto es que, lejos de levantarle el ánimo a alguien, las redes sociales han venido a hacer totalmente lo contrario.

¿Quieren datos estadísticos reales? Aquí van unos tomados del documental de Netflix que les recomendé el artículo pasado, El Dilema de las Redes Sociales.

Tomado de El Dilema de las Redes Sociales


El Doctor Jonathan Haidt, psicólogo social de la NYU Stern School of Business, explicó claramente lo siguiente, usando datos del CDC (Centres of Disease Control and Prevention [Centros para el Control y la Prevensión de Enfermedades]) de Estados Unidos:

"Ha habido un incremento gigantesco en depresión y ansiedad en los adolescentes norteamericanos, que empezó justo entre 2011 y 2013.

El número de jovencitas adolescentes en este país que son ingresadas en hospitales cada año porque se hacen cortes a sí mismas, o, se hacen daño a sí mismas de otras maneras, ese número fue muy estable antes del 2010 y 2011, y entonces empezó a incrementarse muchísimo. Ese incremento es de hasta 62% de las adolescentes mayores (entre 15 y 19 años), y se incrementó hasta 189% en las preadolescentes (edades entre 10 y 14 años). ¡Es casi el triple de casos!

Y aún más espeluznante es que vemos el mismo patrón en el suicidio*. En las adolescentes mayores (entre 15 y 19 años) se incrementó hasta un 70% comparado con la primera década de este siglo. Y en las preadolescentes (edades entre 10 y 14 años)  quienes tenían antes una tasa muy baja, el incremento de suicidios fue de hasta 151%.

[*Nota mía: ojo, esos incrementos no se refieren a intentos, sino a suicidios consumados]

Y este patrón apunta a las redes sociales, que empezaron a estar disponibles en los dispositivos móviles en 2009.

La Generación Z, los niños que nacieron después de 1996, son la primera generación en la historia que entraron a las redes sociales desde la primaria. ¿Cómo pasan su tiempo? Salen de la escuela y se meten en sus dispositivos.

Toda una generación es más ansiosa, más frágil, más deprimida. Se sienten mucho más incómodos de asumir riesgos. [...] Este es realmente un cambio en toda una generación.

Y recuerden, por cada jovencita(o) ingresada(o) en el hospital, hay una familia traumatizada y horrorizada que piensa: 'Dios mío, ¿qué les está pasando a nuestros niños?'"


Tomado de El Dilema de las Redes Sociales


¿En serio creen que están animando a otros?

Y quizás alguien diga: "Pero yo no comparto —intencionalmente— mis publicaciones con niños, sino con mis 'amigos' adultos".

¿Creen que todos los adultos son inmunes a sentir ansiedad o depresión por las fotos o publicaciones que se comparten en la red? Ese es otro autoengaño.

Les voy a contar un caso real del que me enteré: una persona expresó que se sentía mal porque no podía viajar tanto como lo hacían sus "amigos". ¿Cómo se daba cuenta esta persona de esos viajes? Viendo las constantes publicaciones en las redes sociales que compartían sus "amigos", los viajeros frecuentes. Esta persona no tenía los medios económicos que ellos tenían para andarse paseando, y ¿qué creen? Eso deprimía a esta persona. Todo lo contrario a sentirse animado.

Si se fijan, he estado usando el verbo "compartir", refrenándome de decir "presumir", porque no puedo ser categórico y decir que todos lo hagan por presunción. Algunos lo harán por eso, pero no todos.

El buen libro dice que el deseo de mostrar "la ostentación de las cosas que uno tiene", es decir, de andar presumiendo del medio de vida de uno, no es algo que venga de Dios. Irónicamente, la experiencia recién mencionada le sucedió a una persona bastante religiosa, que sigue en las redes a sus "amigos" de su misma religión, incluyendo a sus dirigentes que compartían parte de esas publicaciones.

Estoy seguro que hay gente que no está disfrazando su presunción de buenas intenciones. No dudo del motivo de sus acciones. De lo que sí dudo, y muchísimo, es del resultado de éstas: de que realmente sirvan para animar a alguien. 

Como colofón, termino este artículo diciéndoles, mis extrañables cuatro lectores, que si de verdad, si realmente queremos animar a alguien, hay una manera que ha probado ser mucho más efectiva: comunicarse directamente con esa persona. Si se pudiera en persona, sería lo óptimo. Pero si no puede ser presencial, que sea por una llamada telefónica al menos. Y no tiene que ser una larga conversación.

Finalmente, les dejo la liga a un vídeo corto de Simon Sinek donde explica que con 8 minutos se pueden hacer maravillas para ayudar a alguien que necesita que se le anime, que se sienta querido (dar clic aquí para ver el corto).

El artículo de Simon Sinek lo encuentran aquí (dar clic).


Hasta la próxima.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.