miércoles, 13 de mayo de 2026

Pena ajena | por Mariel Fernanda Cabadas Reyna

Foto de Pxhere.com

Mis siempre amables cuatro lectores, les comento que en el curso de Redacción sin Dolor que estoy llevando el maestro nos pide leer nuestras tareas, las que previamente él ya había revisado. Esto nos permite saber el motivo de cada corrección que nos marcó, a fin de mejorar en nuestra próxima asignación. 
    Hoy quiero compartir con ustedes un escrito de una compañera del curso, pues me pareció bastante ameno. Corresponde a la tarea que tenía por tema Un momento penoso. Su autora, Mariel Fernanda Cabadas Reyna, me autorizó a publicarlo; así que, sin más preámbulo, aquí lo tienen.


Pena ajena

Mariel Fernanda Cabadas Reyna

 

Durante mi infancia, mi adolescencia y parte de mi adultez, he estado muy apegada a mi madre; lejos de ser vergonzoso, es una dicha compartir tanto tiempo con ella.

Los domingos solíamos ir al cine, mi tía Cleotilde (Coco), mi mamá y yo. Salíamos por ella a su casa rumbo al cine de arte que estaba en Mazaryk o en la Diana, según la función que queríamos ver.

Un día soleado de domingo, ya rumbo al cine, mi madre se detuvo en un alto: un delincuente nos embistió con pistola en mano; nos pidió los bolsos, teléfonos y carteras. Le indicó a Coco: «¡Dame la bolsa!». A lo que mi tía respondió: «¡No te la lleves!; es que ahí tengo mis periódicos». El contexto de este hecho es que mi tía es periodista y antes solía a recabar la información física para poder escribir sus artículos.

El delincuente, sumido en la ansiedad, se volteó hacia el asiento trasero del auto y me gritó: «¡Dame el teléfono!», a lo cual yo respondí «55673215». Sigo recordando el teléfono de la casa familiar.

El semáforo cambió de color; mi madre siguió manejando. Al cabo de 10 minutos, la risa nos inundó. El delincuente se había ido con las manos vacías, mi tía no le dio su bolsa y yo, sin tener idea que me estaba pidiendo el dispositivo, le dicté el número de casa. Podría decirse que me encontraba pensando en la posibilidad de que me quería marcar para invitarme a pasear.

En fin, para mí resulta una anécdota penosa y, a la vez, divertida. 



Hasta la próxima.


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Ahora sí, adelante, Shakespeare.