Mis confidentes lectores, ustedes no están para saberlo ni yo para contarlo, pero yo conocí a mi esposa contando chistes. Así mero fue. Finalizando la década de los años noventa del siglo pasado, durante una reunión en casa de una amiga mutua —celebraba su cumpleaños— después de la cena comenzó una sesión de contar chistes entre los jóvenes que estábamos presentes. En cierto momento, todo se redujo a un tira-tira entre Elsa y yo: ella contaba uno, yo contaba otro, y así sustantivamente.
Y así fue como nos llamamos la atención mutuamente; conseguí su teléfono, le empecé a llamar a su casa (aún no era masivo el uso de los celulares), quedamos de echarnos un cafecito para platicar y… el resto es historia.
A mi esposa y a mí nos encanta el humor inteligente (valga la aclaración). Personalmente, creo que el sentido del humor es un síntoma inequívoco de inteligencia.
Pero ese no es el motivo de este artículo, mis observadores lectores, sino que veo y leo —no sin cierta alarma— que las nuevas generaciones cada vez hablan menos, se están volviendo más calladas (vean este video de DW al respecto).
Pienso que si, en mis tiempos, hubiera seguido el patrón actual de «comunicación» entre los jóvenes, yo no hubiera conocido a mi esposa.
Hace tres décadas, la gente contaba chistes en fiestas y reuniones (hasta en los funerales, caramba). Había a la venta libros con cientos de chistes, o los escuchabas en el radio o en la televisión, o en la oficina. Cuando llegaron las primeras computadoras de uso masivo, nos reenviábamos por correo electrónico (o email) muchos chistes, a veces venían cien chistes en un solo correo.
Y nos los aprendíamos de memoria para poderlos contar, dependiendo de la audiencia, claro. Los chistes blancos y los colorados tenían diferente público.
Pero ahora el chiste contado está en peligro de extinción aun entre quienes no somos tan jóvenes, y no debido a que estemos también hablando menos con otras personas, sino porque nos estamos inclinando por compartir por mensaje la imagen del meme chistoso o simplemente enviar la liga del video que nos causó gracia. Y ya. Es todo. Qué triste.
Pero no todo está perdido. ¡Arriba corazones! Para contribuir con el rescate de la otrora sana diversión del Vamos a contar chistes, aquí les va uno:
Un hombre ciego entra a una cantina en Los Mochis (Sinaloa).
Con la ayuda de su bastón, encuentra una silla frente a la barra y le pide un tequila doble al cantinero.
Después de estar sentado un rato, le grita al cantinero: Oye, ¿quieres escuchar un chiste de Guasave?
El cantinero guarda profundo silencio. Entonces, se le acerca al hombre ciego una muchacha de 1.90 metros de altura, con curvas voluptuosas en todo el cuerpo y con brazos musculosamente desarrollados.
La muchacha se le sienta en la silla a un lado y le dice en tono barítono: Considerando que eres ciego y antes de que platiques un chiste de Guasave, creo justo que te diga 5 cosas importantes:
Primera: El cantinero es de Guasave y acaba de armarse con un bate de beisbol.
Segunda: El guarura de la cantina es de Guasave, mide 2 metros y pesa 130 kilos.
Tercera: Yo soy de Guasave, mido casi 2 metros de estatura y soy cinta negra en karate.
Cuarta: La muchacha sentada a tu lado izquierdo también es de Guasave y acaba de precalificar en levantamiento de pesas para las Olimpiadas.
Y quinta: El dueño de la cantina es nativo de Guasave, y tiene un carácter de la fregada, además de que acaba de sacar una pistola.
Ahora bien, mi estimado cegatón, ¿estás seguro de que quieres contar ese chiste de Guasave?
El hombre ciego se queda pensando unos momentos y contesta: No, mejor no... Está canijo tener que explicar el chiste 5 veces.
Hasta la próxima.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.