sábado, 28 de marzo de 2026

Mi opinión sobre el lenguaje inclusivo


 

Antes de responderte, primero quiero saber si reconoces que tengo derecho a contar con una opinión propia basada en mis creencias y valores, y si respetarás ese derecho, así como yo respeto tu derecho a tener tu opinión.

Esa es, mis intrigados cuatro lectores, la manera en que preparo el terreno cuando alguna persona pide mi opinión respecto a un tema espinoso o controversial. Asumo, sin temor a equivocarme, que ustedes también valoran que se respete su derecho a tener su propia opinión, sin sentirse coaccionados.

Valga esta aclaración: una cosa es decir “Te pido que respetes mi derecho a tener una opinión”, y otra muy diferente “Te pido que respetes mi opinión”. El primer caso es, como dicen que dijo Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Pero lo segundo, oh no. No todas las opiniones son respetables. Adolf Hitler tenía la opinión de que debía asesinarse a muchas personas, entre ellas a las de raza judía. Me van ustedes a perdonar, pero la de él no era una opinión respetable en absoluto. Así que, no, no todas las opiniones son dignas de respeto.

—¿A qué se debe toda esta perorata, oh insulso escritor? — podrían preguntarse, y con justa razón. Debido al tema que trataré, prefiero, como decían los antiguos, curarme en salud. Procedo con la idea.

Durante el curso de redacción que estoy tomando, se nos encargó leer varios artículos sobre el lenguaje inclusivo. Reconozco que es un tema que seguramente hace sulfurar a más de uno. Personalmente, no me agrada. Pero, es algo que ya tiene muchos años presente en discusiones, nos guste o no.

Sin embargo, soy sincero al admitir que no sabía a ciencia cierta de lo que se trataba; así que creo que fueron de gran ayuda las lecturas que tuve que realizar sobre este tema. Ahora sí, siento que tengo bases para formarme una opinión informada, la cual compartiré con ustedes, si continúan leyendo. Si alguien se siente incómodo con el tema, puede descontinuar su leída aquí.

¿Siguen conmigo? Veamos… uno, dos, tres, cuatro. ¡Excelente! Prosigamos. Les prometo ser lo más conciso posible, pero dejando claro lo que deseo exponer.

 

La raíz del meollo

Primero necesitamos saber el origen de esta tendencia. Por lo que leí, entiendo que inició con la intención de hacer visibles a las mujeres (la demanda por el derecho a ser nombradas y, por lo tanto, existir); ellas estaban excluidas de muchas profesiones y actividades a las cuales se han incorporado de manera masiva en las últimas décadas. Para solventarlo, lo primero que se hizo —mediante el léxico— fue desdoblar los nombres de profesiones, cargos, títulos o actividades creando un femenino específico. Por ejemplo, se pasó de decir el médico a decir el o la médico, y finalmente, a decir la médica. También, se ha extendido el uso de la terminación -a a algunas palabras que no terminan con -o sino con -e, como la dependiente por la dependienta, la gerente por la gerenta, la presidente por la presidenta.

Por demás interesante es que, para referirse a cierta profesión particular, al parecer no hay problema en que la palabra usada termine con -o: se dice la modelo, nunca la modela.

Hasta este momento, creo que nos queda claro que el movimiento feminista —el principal promotor— buscaba que mediante la lingüística se les diera mayor protagonismo social y político a las mujeres. Aquí es donde estriba el primer fallo argumental —que no es pequeño—: considerar que sexo (que es eminentemente biológico) es lo mismo que género (que es eminentemente lingüístico). Biológicamente los sexos son femenino y masculino, mientras que lingüísticamente los géneros son: femenino, masculino y neutral (aunque en muy contadas palabras, como esto, eso, ello, aquello). Por ejemplo: silla tiene género —femenino—, pero no tiene sexo. Es fácil de entender, ¿verdad?

Hay una frase que escribió Román Alamán en su artículo El abismo no está en el género gramatical que menciona: “El uso del masculino como género no marcado no supone la invisibilización de la mujer, pues se trata de un mecanismo gramatical y, como tal, es un fenómeno abstracto que no representa de manera exacta la realidad, del mismo modo que no lo hacen otras manifestaciones lingüísticas”. 

El ejemplo que usa para demostrar su dicho es sencillo, pero claro: la palabra ballena es un sustantivo femenino, y que además no tiene masculino. Si decimos Ahí va una familia de ballenas, es obvio que el papá es de sexo masculino, aunque gramaticalmente no lo haya mencionado, es decir, que su género no esté marcado en la frase. Lo mismo podría decirse de la jirafa. Creo que ya quedó claro el punto.


El género inclusivo

Alamán explica lo que ya todos sabemos —y que es contra lo que las feministas luchan—: en nuestra lengua, el español, el masculino es un género inclusivo. La explicación que da es magistral:

«El uso del masculino como género no marcado nos lleva a decir cosas como “Eso es bonito”. ¿Por qué decir bonito? ¿Por qué no decimos “Eso es bonita”? Al fin y al cabo, eso es neutra, no masculina. La respuesta es muy sencilla: aun siendo neutra, el adjetivo que la acompaña tiene que concordar con ella de alguna manera, así que, como he dicho antes, no nos queda más remedio que usar el género que lo incluye todo, el género de andar por casa, que es (o coincide con) el masculino.

   También decimos “Esas naranjas huelen raro”, donde raro está en masculino y singular a pesar de que naranjas es femenina y está en plural. ¿Por qué ocurre eso? Porque raro, que parece un adjetivo, en realidad ha pasado a la categoría de adverbio (esas naranjas no son raras, sino que huelen de modo raro) y, por lo tanto, debe perder género y número..., pero resulta que en español no solo no hay género neutro, sino que tampoco existe un número neutro. Por lo tanto, debemos optar por un género de los que ya tenemos, y también por un número.

   De este modo, vemos que no solo el género masculino tiene una doble función; también la tiene el número singular».


¿Lenguaje del patriarcado?

Un argumento de quienes promueven y defienden el lenguaje inclusivo es que el lenguaje como lo conocemos hoy en día es el resultado de la opresión causada por los hombres sobre las mujeres; lo que dan por llamar “el patriarcado”. Para responder a este juicio, me encantaron dos argumentos que leí, el de Brigitte Vasallo y el de Ramón Alamán.

Brigitte Vasallo escribió:

«La existencia del género gramatical no es el reflejo directo del sexismo en la sociedad, ni la cuestión funciona con tanta literalidad. Lo que sí es un reflejo claro del sexismo es la resistencia a mover y desnormativizar precisamente el género gramatical. La ofensa y el escándalo que genera decir cuerpas en lugar de cuerpos es sexista: que la palabra cuerpo sea gramaticalmente masculina es un azar derivativo y prueba de ello es que idiomas con orígenes comunes y cercanía geográfica, como el castellano y el català, han desarrollado términos de género distinto para denominar lo mismo: el atún es masculino en castellano, y femenino, tonyina, en català, sea el animal un ejemplar macho o hembra. En galego, por ejemplo, equipo es femenino: equipa, al contrario de lo que sucede en català, donde es masculino: equip. Olor, por poner un ejemplo menos generizado aún, es femenino en català: la olor, y masculino en galego: o cheiro».

Ramón Alamán, después de decir que en español es el masculino el género inclusivo, da un ejemplo estupendo:

«Otros idiomas han optado por el femenino, como el zayse, que lo habla en Etiopía una “comunidad que se caracteriza por una marcada organización social patriarcal”, según señala la lingüista Barbara Marqueta (2016: 179). ¿Lo han visto? Una comunidad en la que los hombres acaparan el poder usa el femenino cuando se refiere a una pluralidad de personas de ambos sexos… […]

   […] como hemos visto más arriba, existen idiomas en los que el género no marcado es el femenino, y algunos pertenecen a sociedades tremendamente machistas, como la comunidad etíope de la que habla Bárbara Marqueta. ¿Se imaginan al jefe de un pueblo de Etiopía diciendo “Aquí mandamos nosotras: mi hijo y yo”? Pues lo hace, pero en su idioma, claro está».

Entonces, ¿podemos concluir que en la lingüística se utiliza el masculino como género inclusivo debido al patriarcado? Claro que no. Como bien dice Vasallo: “[…] el género es un accidente gramatical (y me parece hasta irónicamente poética la denominación) como lo es el número, el tiempo, el modo”. A mí también me parece irónico.


La primera “solución” al dilema

Me permito poner entre comillas la palabra “solución” porque, al igual que muchos que aman la lingüística, no creo en absoluto que lo sea. Consiste en el desdoblamiento de la forma masculina no marcada, también llamada la duplicación del género. De esta manera, en vez de decir “Los ciudadanos quieren una democracia plena”, se diría “Los ciudadanos y las ciudadanas quieren una democracia plena”. Ya se dieron cuenta, ¿verdad? Es la forma de expresarse de muchas figuras políticas mexicanas.

Nota al pie de página: en la frase “Los ciudadanos y las ciudadanas…” el autocorrector de está indicando que hay un error y me sugiere usar solo “Los ciudadanos…”. Hasta el Microsoft Word lo sabe.

¿Cuál es el principal problema de esta “solución”? Que su estricta aplicación —porque si quieren que sea una regla, debe aplicarse siempre, no a discreción— genera unos textos larguísimos y tediosos. Veamos este ejemplo:

A) Sin desdoblamiento

“Buenos días, padres de familia:

La presente es para recordarles que todos los alumnos deberán entregar puntualmente sus boletas de calificaciones firmadas a sus maestros, para que ellos puedan distribuirlas a los consejeros vocacionales, quienes sugerirán a sus hijos las mejores recomendaciones de las profesiones que a ellos pueden interesarles”.

B) Con desdoblamiento

“Buenos días, madres y padres de familia:

La presente es para recordarles que todos los alumnos y todas las alumnas deberán entregar puntualmente sus boletas de calificaciones firmadas a sus maestras y sus maestros, para que ellas y ellos puedan distribuirlas a las consejeras y los consejeros vocacionales, quienes sugerirán a sus hijas y a sus hijos las mejores recomendaciones de las profesiones que a ellas y a ellos pueden interesarles”.

Da flojera, ¿verdad? Esta es una herramienta política que simplemente no se siente natural ni en el habla ni en la escritura.


Éramos muchos y parió la abuela

Al convoy de personas que se sentían invisibles, porque no perciben que se les nombre, se añadieron quienes se identifican con las comunidades LGBT+ (sé que ya son más letras, pero creo que con el símbolo + se asumen las que falten), con lo cual surgió la segunda “solución” (de nuevo entre comillas): el uso de la arroba o de la letra x. La verdad, coincido en su inutilidad operativa por una muy sencilla razón: ¡todo lo escrito se debe poder leer!

“Querid@s amig@s” o “Queridxs amigxs”. ¿¡Cómo caramba se lee eso!? Es una pregunta seria. No hay sonidos inteligibles para quien quiera pronunciar esas palabras.

 

Tan malo el pinto como el colorado

La tercera “solución” (benditas comillas) que se propone es usar la terminación -e buscando crear un género neutro. Ya saben, el consabido “compañeres” que se volvió viral. Estoy de acuerdo con el apunte de Ramón Alamán cuando dice que esta propuesta —de nuevo— no se siente natural ni espontánea, además de que tiene un inconveniente (uno GRANDE): “Las lenguas no evolucionan por decreto ni porque un grupo de personas —una ínfima minoría si lo comparamos con la totalidad de los hispanohablantes— emprenda una acción política (y esta lo es […]) […], sino que lo hace mediante procesos lentos y radicalmente democráticos”.

Algo parecido afirma Alejandra Meneses, en su ensayo ¿Lenguaje para todes?, donde escribió: «Si miramos cómo han cambiado las lenguas a través del tiempo, podemos observar que los cambios léxicos son los más fáciles de incorporar, mientras que los morfológicos son lentos y complejos porque operan al interior de la palabra».

En otras palabras: es más rápido —y fácil— incorporar palabras a nuestro léxico (como facebookear o wasapear), que modificar la estructura de las palabras y sus elementos constitutivos.


El uso de la colectividad

La cuarta “solución”, la cual también resulta inviable para todos los escenarios, es utilizar palabras que engloben a un conjunto de personas, y así no se tiene que recurrir a un género específico. Tratar de usar la palabra alumnado (por alumnos), estudiantado (por estudiantes), ciudadanía (por ciudadanos), vecindario (por vecinos), juventud (por jóvenes), nuevamente, no suena natural. A ver, ¿cómo le diría un maestro a dos muchachos y dos muchachas que están en el patio que se acerquen? ¿Acaso: “¿Vengan acá ustedes, estudiantado”? Pues no, porque no se dirige a todos los estudiantes. ¿Ven lo impráctico que es?


Conclusión

Concuerdo con Brigitte Vasallo quien declara: “El debate sobre la inclusividad del lenguaje no pertenece al campo de la lingüística sino al campo de la política”. También con Alamán, quien por su parte opina: […] sigo convencido de que el abismo entre un sexo y otro no está en el género gramatical.”

Personalmente, creo que quienes promueven las “soluciones” antes mencionadas, es como si quisieran obligarnos a aprender un nuevo idioma, propio de una comunidad muy limitada. Utilizo el verbo obligar, porque si en nuestro idioma español ya contamos con vocablos y construcciones gramaticales que se ajustan a la realidad que vivimos, y son aceptadas muy ampliamente por la grandísima mayoría de los hispanoparlantes, ¿por qué tendríamos que aprender algo que emplea una ínfima minoría para comunicarse? Es como esos nerds que saben (o dicen que saben) hablar en klingon (el idioma de unos seres ficticios de la serie Star Trek). Se entenderán entre ellos, quizás, pero no con los demás; y por encima de todo, la mayoría no lo necesitamos ni nos interesa.

Es verdad que el poder de las palabras es muy grande y no debemos subestimarlo. Pero no creo que, tratando de afectar la manera de expresarnos al hablar o al escribir, vaya a desaparecer la desigualdad, la violencia, los abusos, la discriminación y tantas más cosas malas que viven tanto mujeres como hombres. Eso no lo va a resolver la lingüística.

Por lo pronto, en este blog no haré uso del lenguaje inclusivo con ninguna de las cuatro “soluciones” mencionadas. Mi redacción tomará en cuenta lo que es aceptado por la vasta mayoría de hispanohablantes, pues sé que ustedes, mis cuatro lectores, son lo suficientemente inteligentes para entender el contexto de lo que les comparto. El contexto, por cierto, daría tema para otro artículo. Quizás después.

 

Hasta la próxima.


4 comentarios:

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.