Esto fue lo que redacté.
Vip
Rafael Ibarra Mojica
Recuerdo que estaba cursando sexto año de primaria. Esa vez, después de salir de clases, fui a la oficina de papá a recoger unos papeles. Caminé hacia el gran edificio de oficinas, pues no quedaba tan lejos de casa. Había pasado muchas veces frente a sus grandes instalaciones, que tenían rejas muy altas y guardias de seguridad las 24 horas. Esa sería mi primera y única vez que entré. Crucé la amplia puerta principal y me dirigí a la recepción, la cual vi que estaba en un costado. Le dije a la recepcionista que buscaba a José Luis Ibarra Ríos —mi papá—, y que él me estaría esperando. Ella buscó en una lista, marcó en su conmutador un número de extensión y le informó a papá que yo ya había llegado. Colgó el teléfono y me dijo que, por favor, esperara ahí.
Nunca
había visto un edificio tan grande y moderno por dentro. Como el vestíbulo al
que entré era un área abierta, desde la cual se veía el segundo piso, estaba
embobado admirando la gran altura del techo, mientras que atestiguaba el ir y
venir de los empleados. Desde que entré, vi que, en el frente, justo en el
centro, había un pequeño elevador con paredes de cristal que se desplazaba únicamente
entre la planta baja y el segundo piso. A la derecha y a la izquierda de este había
un par de amplias escaleras que curvaban, y por estas discurrían como hormigas algunos
empleados. Miré a papá bajando por una de ellas.
Me
acuerdo de que subí con él a su oficina, sacó copias a unos papeles y me los
entregó en una carpeta. Cuando me encaminaba a la salida, le comenté del
elevador que vi.
—Ese elevador solo lo usan los directivos de la empresa— me dijo. Entendí entonces que su uso estaba reservado solo era para personas importantes.
Al acercarnos a la escalera curva por la que bajaríamos, sentí que papá me tomó de la mano y se encaminó al elevador; oprimió un botón, la puerta de abrió y nos introdujimos. Oprimió otro botón, se cerró la puerta y descendimos lenta y suavemente a la planta baja, a donde salimos cuando la puerta se abrió de nuevo.
—Nos vemos en casa— me dijo al
despedirme, mientras yo me dirigía a la puerta principal para salir del
edificio e irme a casa.
¿Cómo me sentí en esos momentos?
Creo que no había otro niño con una sonrisa más grande que la
mía ni que se sintiera tan importante para su papá.
Hasta la próxima.

Que manera tan hermosa de poner en práctica lo aprendido
ResponderEliminarGracias, bro. :-)
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