Mis nostálgicos cuatro lectores, antes de compartirles el boletín que nos envió Juana Inés Dehesa esta semana (al final encuentran cómo suscribirse al mismo), les cuento que, tras leerlo, me puse a pensar en mi papá José Luis Ibarra Ríos (en esta liga leen acerca de él).
Papá creció, desde pequeño, con el gusto por el beisbol. En Monterrey durante la infancia de papá (quien nació en 1943) el beisbol era un deporte más profesional que el futbol. De hecho, la archirecontrafamosa leyenda de los Niños Campeones de Monterrey (aquí hay una nota al respecto) sucedió en 1957, cuando papá tenía 14 años. Como «bajo el reglamento oficial de las Ligas Pequeñas de Béisbol (Little League Baseball), la categoría reina de Williamsport está reservada estrictamente para peloteros que no hayan cumplido los 13 años antes de la fecha límite estipulada para esa temporada» pues mi papá ya no era elegible, aunque creo que intentó ir a las prácticas de selección.
Bueno, el caso es que papá siempre amó al beisbol. Pero como todos sus hijos le salieron pamboleros (aquí leen la definición), por darnos gusto se aficionó al futbol. Sus hijos poblanos salimos todos americanistas (era el mejor equipo de los años 1980, que conste), pero papá era Ti-gue-re de la UANL.
Ya con algunos nietos a cuestas, retomó la afición por el beisbol y le iba a los Sultanes de Monterrey.
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| Mi apá (Foto cortesía de Edson Ibarra) |
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| Mi papá y mi hermano Edson (aka Pelé) |
Lo que hace un padre por sus hijos: ¡hasta irle al América! Para que vean que era un santo mi jefazo.
Okey, a continuación pongo el texto de Juana Inés, a quien le agradezco por desbloquear este recuerdo sobre mi querido progenitor.
Le hubiera ido a Tampa…
Juana Inés Dehesa
Le hubiera
ido a Tampa, y hubiera buscado quién le aceptara una apuesta en favor de los
Cerveceros de Milwaukee. Bajo el axioma de que “siempre hay que ser oposición”,
sistemáticamente le iba a lo que los sajones llaman el underdog, el
contrincante menos favorecido.
Espectador
entusiasta de todos los deportes (salvo el golf, que no es deporte), Germán
guardaba un especial lugar en su remendado corazón para el beisbol. Fue
asistente asiduo en su infancia al parque del Seguro Social, ese lugar para el
juego de pelota que recuerdan con emoción quienes lo visitaron; después el beis
se trasladó a la tele, en los años gloriosos del gigantesco Toro
Valenzuela, cuando los Dodgers eran todo para los espectadores mexicanos.
Una época
breve, mientras yo estudiaba la maestría en Boston, quiso irle a los Red Sox,
pero eso nunca prosperó. Y eso que era el equipo del campeonato, el de Youkilis
y Big Papi, pero no. Nada salvo yo le interesaba de esa ciudad tan ajena.
Sus
últimos años también vieron el renacer de su equipo de la infancia: los Diablos
Rojos del México. Regresó al Fray Nano, primero, y después al Foro Sol. Con
ello recuperó una parte de su infancia que hasta entonces parecía haber
olvidado.
Con todo y
todo, murió siendo Yankee. Su último ringtone en el celular fue la voz
del dominicano Ernesto Jerez y su “No, no, no, no, no…”. Si ven el beis, sabrán
a qué me refiero.
Hoy le
hubiera ido a Tampa y hubiera sufrido muchísimo con sus últimos tres partidos.
Y hubiera sido feliz convocando a todo el que se dejara a ver la Serie Mundial
con él. Habrá que seguirla viendo, con él.


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Ahora sí, adelante, Shakespeare.