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| Rosario Castellanos Fotos: Libros UNAM y Ricardo Salazar/INBA |
[Mi encuentro con Rosario
Castellanos, escribe Germán]
Juana Inés Dehesa
[Mi
encuentro con Rosario Castellanos, escribe Germán] habría de tener lugar en el
curso de Literatura Comparada que ella impartía en 1965. Para ese entonces, ya
había yo logrado una adaptación casi total a la enrarecida atmósfera de la
Facultad. Veía yo pasar a las Galindo, o veía yo a Horacio Caballero vestido de
negro y conjurando al sol a que se ocultara a las 6:45, como el Rey de El
Principito, y ya nada de eso me afectaba. Por el contrario, comenzaban a
afectarme las comidas con mi familia, o los recuerdos de mi infancia
transcurrida en el Club Vanguardia, bajo el vociferante imperio del padre Pérez
del Valle. La Facultad comenzó a ser —así lo será siempre— mi única, mi
verdadera casa.
Todo esto
pasaba en 1965, el año en que fueron mis maestros: Justino Fernández, Rubén
Bonifaz, Edmundo O’Gorman y Luis Rius. Fue también el año en que compartí con
Rosario Castellanos. Llegado a este punto, me resulta difícil aceptar que estoy
hablando del pasado; que muchos de los seres que ahora nombro están ya muertos,
y que no hay ya para mí una tarde como aquella, en la que por primera vez me
encontré con la maestra Rosario. Mi primera apreciación fue más bien negativa:
talle desgarbado, con poca gracia para vestir y sin esa exuberancia de leona
poblana que tenía María del Carmen; me decidí sin embargo, a darle una
oportunidad. Me dispuse a leer a Rosario Castellanos. Ella, comenzó a
abordarnos; creo recordar que de entrada nos explicó lo que era la literatura
comparada, para luego aclararnos que precisamente ese año, el curso no iba a
ser, precisamente, de literatura comparada. Ese año habría que leer, a razón de
cien páginas semanales, a Marcel Proust.
Esto era en el día. Durante la
noche no la copa del
festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.
Sino los ojos acechando en la
oscuridad, la
inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre
las páginas.
Y mis oídos, habituados a la ardua
polémica de los mentores,
llegaron a ser hábiles para
distinguir el robusto sonido del oro
del estrépito estéril con que
entrechocan los guijarros.
He
contrabandeado esta estrofa de “Lamentación de Dido”, sin más justificación que
mi certeza, de que en ella se cifra esa fundamental lección de discernimiento
que yo recibí de Rosario. Gracias a ella, a su presencia viva y entrega clase a
clase, aprendí que ser maestro no es fácil; que ese Eros pedagógico del que nos
hablaba Edmundo O’Gorman, sólo le ha sido concedido a unos cuantos, y que hay
muchos seres que ocupan una cátedra, pero en realidad no comparecen del todo;
en realidad no existen como maestros; en realidad, sus palabras son como
volutas del silencio. En la voz de la maestra Castellanos, por el contrario,
hubo siempre “el robusto sonido del oro”; su inteligencia —que no me atrevo a
calificar de femenina, porque al parecer es algo que ahora suena terriblemente
insultante—, era sin embargo, suave y traslúcida, múltiple y serena. Leer con
ella a Proust, fue una experiencia proustiana, que hoy se resiste a ser evocada
y a ser disminuida por las palabras.
De muchos
modos, han estado presentes en mi cabeza la Facultad de Filosofía y Letras y la
poesía, a últimas fechas. Por eso vine a este texto, a un fragmento de la
transcripción de una conferencia donde, cosa muy rara, Germán leyó un texto
escrito previamente. El audio original lo tiene el INBA, y de ahí lo sacamos
para publicarlo hace unos quince años. A mí me conmueve siempre.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.