sábado, 24 de octubre de 2026

[Mi encuentro con Rosario Castellanos, escribe Germán] | por Juana Inés Dehesa

 

Rosario Castellanos
Fotos: Libros UNAM y Ricardo Salazar/INBA

[Mi encuentro con Rosario Castellanos, escribe Germán]

Juana Inés Dehesa

 

[Mi encuentro con Rosario Castellanos, escribe Germán] habría de tener lugar en el curso de Literatura Comparada que ella impartía en 1965. Para ese entonces, ya había yo logrado una adaptación casi total a la enrarecida atmósfera de la Facultad. Veía yo pasar a las Galindo, o veía yo a Horacio Caballero vestido de negro y conjurando al sol a que se ocultara a las 6:45, como el Rey de El Principito, y ya nada de eso me afectaba. Por el contrario, comenzaban a afectarme las comidas con mi familia, o los recuerdos de mi infancia transcurrida en el Club Vanguardia, bajo el vociferante imperio del padre Pérez del Valle. La Facultad comenzó a ser —así lo será siempre— mi única, mi verdadera casa.

Todo esto pasaba en 1965, el año en que fueron mis maestros: Justino Fernández, Rubén Bonifaz, Edmundo O’Gorman y Luis Rius. Fue también el año en que compartí con Rosario Castellanos. Llegado a este punto, me resulta difícil aceptar que estoy hablando del pasado; que muchos de los seres que ahora nombro están ya muertos, y que no hay ya para mí una tarde como aquella, en la que por primera vez me encontré con la maestra Rosario. Mi primera apreciación fue más bien negativa: talle desgarbado, con poca gracia para vestir y sin esa exuberancia de leona poblana que tenía María del Carmen; me decidí sin embargo, a darle una oportunidad. Me dispuse a leer a Rosario Castellanos. Ella, comenzó a abordarnos; creo recordar que de entrada nos explicó lo que era la literatura comparada, para luego aclararnos que precisamente ese año, el curso no iba a ser, precisamente, de literatura comparada. Ese año habría que leer, a razón de cien páginas semanales, a Marcel Proust.

 

Esto era en el día. Durante la noche no la copa del 

     festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.

Sino los ojos acechando en la oscuridad, la 

     inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos 

para cobrar la presa que huye entre las páginas. 

Y mis oídos, habituados a la ardua polémica de los mentores, 

llegaron a ser hábiles para distinguir el robusto sonido del oro

del estrépito estéril con que entrechocan los guijarros.

 

He contrabandeado esta estrofa de “Lamentación de Dido”, sin más justificación que mi certeza, de que en ella se cifra esa fundamental lección de discernimiento que yo recibí de Rosario. Gracias a ella, a su presencia viva y entrega clase a clase, aprendí que ser maestro no es fácil; que ese Eros pedagógico del que nos hablaba Edmundo O’Gorman, sólo le ha sido concedido a unos cuantos, y que hay muchos seres que ocupan una cátedra, pero en realidad no comparecen del todo; en realidad no existen como maestros; en realidad, sus palabras son como volutas del silencio. En la voz de la maestra Castellanos, por el contrario, hubo siempre “el robusto sonido del oro”; su inteligencia —que no me atrevo a calificar de femenina, porque al parecer es algo que ahora suena terriblemente insultante—, era sin embargo, suave y traslúcida, múltiple y serena. Leer con ella a Proust, fue una experiencia proustiana, que hoy se resiste a ser evocada y a ser disminuida por las palabras.

De muchos modos, han estado presentes en mi cabeza la Facultad de Filosofía y Letras y la poesía, a últimas fechas. Por eso vine a este texto, a un fragmento de la transcripción de una conferencia donde, cosa muy rara, Germán leyó un texto escrito previamente. El audio original lo tiene el INBA, y de ahí lo sacamos para publicarlo hace unos quince años. A mí me conmueve siempre.

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Nota del editor (o sea, yo mero). Si desean recibir estos textos de parte de Juana Inés Dehesa (ella lo llama boletín) directo en su correo electrónico, escríbanle a su correo electrónico oyejuanaines@gmail.com y pidan que los agregue. 

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.