sábado, 22 de agosto de 2026

El solitario | por Juana Inés Dehesa


El solitario

Juana Inés Dehesa

En uno de los cajones de su escritorio (ese escritorio grande y pesado que se exhibió hace un par de años en una ofrenda en el Museo del Carmen, en San Ángel) guardaba siempre una baraja.

        La relación de Germán con las barajas, con las cartas, es larga y toma muchas formas. En próximas semanas hablaré de otras, pero ahora me concentro en la baraja de su escritorio. Las compraba en Sanborn’s, marca Bicycle, de dorso rojo o azul, con el número grande (había con número chico), y guardaba una siempre en el cajón. Sobre todo cuando escribía a mano, cuando todavía construía sus columnas o sus guiones en hojas de papel revolución que luego alguien mecanografiaba (antes de las computadoras personales), pasaba largo rato frente al papel con un café, un cigarro, y escribía y tachaba, y volvía a escribir encima.

        De pronto, se desesperaba, abría el cajón y sacaba el mazo, que partía en dos y revolvía con movimientos precisos. No era hábil para ninguna otra cosa (al contrario, era bastante torpe); para eso, sí. Hacía a un lado las páginas y la pluma Parker, y tendía las cartas para jugar solitario.

        Siete montones: en el primero, una carta, volteada hacia arriba, en el segundo, una hacia abajo y una hacia arriba; en el tercero, dos hacia abajo y una hacia arriba… con muchísimo cuidado, a veces en silencio y a veces cantando. Si una iba pasando por ahí, se asomaba, y contribuía: pon ese tres allá, ¿por qué no subes esa cuina? (así se llamaba la reina); uh, ya no salió.

        Lo más común era que no saliera; que se atorara con alguna carta, y entonces había que levantar las cartas, ponerlas en orden y, o seguir trabajando, o volver a empezar el juego desde el acomodo.

        Nunca, que yo recuerde, jugó solitario en la computadora. No se traducía igual, supongo, ni cumplía la misma función hipnótica que el manipular las cartas, revolverlas, acomodarlas para que quedaran equidistantes y ordenar los montones.

        Algún día pregunté: “¿y no te desesperas y haces trampa?”. “No. No tiene caso: es hacerte trampa a ti mismo”.

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Mis queridos cuatro lectores, lo que acaban de leer (¡qué gran moraleja!) fue escrito por la hija mayor del inolvidable Germán Dehesa, a quien él identificaba en sus artículos con el cariñoso apelativo de Viruta.


Germán, rodeado de sus cuatro hijos.
Desde el blog "El Fiel Auriga“
De derecha a izquierda: Juana Inés, Mariana, Germán, Andrés y Ángel

Ese escrito me llegó por medio de un correo electrónico que a modo de boletín envía regularmente Juana Inés a quienes nos suscribimos a este.

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Juana Inés en una entrevista de Meganoticias Guadalajara

Pero no crean que lo estoy publicando sin permiso (hasta creen). Claro que no, sino que le escribí a ella y amablemente me concedió la venia para hacerlo. Para aquellos santotomases incrédulos, aquí abajo les comparto su afectuosa respuesta.


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Así que, ya saben: si desean suscribirse al boletín de Juana Inés, escríbanle al correo electrónico (denle clic): oyejuanaines@gmail.com

Y no olviden que en Amazon se consiguen los libros de la Biblioteca Germán Dehesa en esta dirección: https://www.amazon.es/dp/B0H526X7MR?binding=paperback&ref=dbs_dp_awt_sb_pc_tpbk


Yo ya estoy disfrutando del segundo


Quiero mencionar que Juana Inés, además de estar muy activamente promoviendo los libros rescatados  de su papá (den clic aquí para leer la nota de El Universal), es también escritora y ha publicado varios libros propios. Chéquense el video siguiente, dándole clic en play.


Nuevamente, muchas gracias, Juana Inés. Estaremos al pendiente de tus boletines y adelantos.

Hay mucho por leer todavía. La vida es buena.


Hasta la próxima.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.