miércoles, 1 de abril de 2026

¿Arcaísmos o laxitud mental? | Por Rafa Ibarra


“Debemos animar a la gente a que ensanche su léxico. Esto nos incluye a todos, pero antes de emplear una palabra —sobre todo por escrito—, debemos investigar qué significa, cómo se emplea bien y cómo se escribe”. Estas son palabras del maestro Sandro Cohen, de su obra Los 101 errores más comunes del español [Planeta, 2024]. Creo firmemente en ese consejo, y por eso procuro utilizar las palabras que precisa la idea que deseo exponer. No es tarea fácil en absoluto. ¿Por qué lo digo? Porque frecuentemente me encuentro con la queja de que utilizo arcaísmos para expresarme. Pero ¿es en realidad así o solo se trata de laxitud mental de quien lee?

Antes de que una horda ofendida pretenda quemarme en leña verde u obligarme a beber cicuta, les solicito dos cosas: 1. que me permitan explicarme y 2. que me disculpen por utilizar definiciones, una de las formas más baratas para llenar textos y cumplir el mínimo requerido de palabras requeridas por el editor. 

Entiendo que, de acuerdo con el diccionario de la lengua española [dle], un arcaísmo es un elemento lingüístico cuya forma o significado, o ambos a la vez, resultan anticuados en relación con un momento determinado. Anticuado se refiere a una cosa que está pasada de moda o es propia de otra época. Otra manera de llamarlas es palabras o expresiones en desuso. Muy bien, estoy de acuerdo en que emplear expresiones como levantóse en lugar de se levantó no tiene cabida en la actualidad. O qué me dicen de la interjección ¡albricias! para denotar júbilo. Lo sé, también huele a naftalina.

Los anteriores son casos de arcaísmos absolutos, es decir, palabras que ya no se utilizan en ningún lugar del planeta. Surgen arcaísmos a partir de la obsolescencia de la tecnología, como el caso de la palabra bíper, que fue muy recurrida durante un período de los años 90, pero que murió con la llegada de los servicios de mensajería inmediata (SMM) en los teléfonos celulares y posteriormente los teléfonos inteligentes. Por otro lado, hay expresiones como la otrora popular Pareces disco rayado que estaba prácticamente en las últimas, boqueando desesperadamente, pero resurgió gracias al regreso de la tornamesa que con maestría manipula el DJ en turno. Irónicamente, la destreza de dicho oficio es precisamente rayar el vinilo. En este caso, Pareces disco rayado es un arcaísmo relativo, ya que aún se puede utilizar.

En los casos anteriores, estoy de acuerdo con que son arcaísmos en toda la extensión del vocablo, y no creo que el consejo del maestro Sandro Cohen fuera dirigido con el propósito de que forzáramos a nuestro lector u oyente a ampliar su vocabulario con dichos elementos caducos.

Pero, con lo que no estoy de acuerdo es con dejar de utilizar palabras que son más precisas solo porque no sean tan conocidas por la mayoría. Por ejemplo, si quiero decir que una persona es terca y obstinada (ambas cosas a la vez), la palabra precisa es porfiada. ¿Cómo lo sé? Porque hace décadas, cuando era niño, leí el cuento Los chivitos porfiados. ¿Sabía a tan tierna edad el significado de ese adjetivo? Claro que no. Pero hice lo que toda persona que quiere ampliar su léxico haría: acudí al diccionario que había en casa y despejé mi duda. De esa manera, correlacioné la nueva palabra con el comportamiento de dichos animalitos descrito en la fábula. Es decir, aprendí. Hoy en día, teniendo al alcance de nuestra mano —literalmente— una gran cantidad de diccionarios que resuelven nuestras dudas al toque de un botón, nadie que se considere un(a) lector(a) serio(a) permitiría que la laxitud, la flojera, la pereza le impidiera aprender nuevos vocablos y su uso. 

Frases como Ay, ya vas a empezar con tus palabras domingueras son utilizadas de modo inmisericorde para boicotear nuestro intento por cumplir con la exhortación del maestro Cohen.

¿Deberíamos claudicar ante la avasalladora realidad a la que nos enfrentamos, inundados de discursos fáciles, videos sucintos y exiguos mensajes de wasap?

¡Claro que no! ¡Nunca! Son semillas de conocimiento adquirido que estamos impelidos a esparcir. Sigamos pues, con nuestro cometido, haciendo tal y como nos alienta la frase final del poema Sembrando, de Blanco Belmonte:

—“¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!”—


Hasta la próxima.

6 comentarios:

  1. Excelente!, cada vez más palabras correctas entran en desuso, y muchas personas no se quieren molestar en investigar un poco, el otro día le dije a uno de mis hermanos, “Esa actitud tuya es aberrante” y otro de mis hermanos me dijo, “hey, por eso, sin maldiciones”, que risa, pero así está la gente.

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    1. Je je je. Esta estuvo buena. Antes no dijo: "'pérate, que estamos chupando tranquilos". XD

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  2. Exelente información Rafita

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  3. Jajajaja, sé que a veces huelo a shampoo, perfume, suavizante de telas, ¡hasta ajo! Pero, ¿A naftalina? no sabía que olía.
    Ciertamente todavía puedo dar sorpresas.

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Ahora sí, adelante, Shakespeare.